LA REFORMA UNIVERSITARIA Y EL PROBLEMA AMERICANO*
* por Alfredo L. Palacios, Del manifiesto,
publicado en Renovación,
de Buenos Aires, abril de 1925, con motivo de un proyecto
de congreso
latinoamericano de intelectuales a celebrarse en Montevideo.
Hasta que lleguemos a sentir profundamente la identidad
de nuestra índole, la inexorable comunidad de toda
nuestra América, en ideales y destino, no podemos
afirmar que existimos colectivamente. No habremos realizado
nuestro deber hasta que lleguemos a vivir para la misión
de América antes que para nosotros mismos. Ensanchemos
el área cordial y el egoísmo aldeano de nuestras
pequeñas patrias respectivas y sintámonos patriotas
de Américo Latina. Abandonemos los limitados y antagonistas
provincianismos para entrar en la vasta confraternidad latinoamericana
y podremos de ese modo contemplar frente a frente a las grandes
potencias de la tierra que se disputan hoy sordamente el
dominio del mundo y nos consideran presa codiciable.
Si resolvemos con acierto y con hondura este problema fundamental,
todo lo demás vendrá por añadidura.
Cuanto edifiquemos sin la base de una íntima, indestructible
solidaridad, perecerá en el vacío. Lo que pretendamos
adoptar tomándolo del pasado o de otros pueblos, se
caerá a pedazos por sí solo.
Hemos de forjar una nueva religión que constituya
el camino para la superación del hombre y que consagre
la vida plenamente en vez de mutilarla, hemos de crear una
nueva política que constituya la ciencia y la práctica
del bien común, dentro de la más amplia democracia
social. Hemos de fundar una nueva economía que estimule
favorezca las energías creadoras del hombre y las
utilice en beneficio colectivo. Hemos de llegar a concebir
una estética que no sea un pasatiempo de desocupados,
una diversión de ociosos, sino la síntesis
depurada del alma colectiva que eleve a todos los hombres
a la comunión ideal en la belleza. El germen de esos
valores lo atesora ya el alma de nuestra raza. Tan sólo
necesitamos extraerlos del fondo de nuestra índole,
recoger la inspiración del alma popular y dar forma
a sus anhelos; obedecer al más íntimo impulso
de nuestro ser.
Los Estados Unidos y la América del Sur. Se nos
ha presentado como enemigos de la América del Norte.
Es éste un error mezquino. No somos enemigos de ningún
pueblo puesto en nuestro idealismo es universal y altruista. Únicamente
aspiramos a forjar la personalidad de la América Latina
para que realice sus destinos. Tenemos un alma propia y no
podemos por tanto resignarnos al humillante papel de satélites
de otra nación o instrumentos pasivos de otra raza
cuya índole e ideales difieren en absoluto de los
nuestros. Admiramos las virtudes de la raza anglosajona,
mas no hasta el punto de renegar nuestras propias cualidades
porque sean diferentes de las suyas. Nosotros, en realidad,
desconocemos aún nuestros valores porque nuestro estado
de pasiva receptividad solamente hace visibles los defectos
que son la negación de nuestra verdadera personalidad.
Sin embargo, a través de nuestra acción se
ha definido ya nuestra ruta como opuesta a la del pueblo
yanqui. Mientras aquél ha adoptado como lema el de “América
para los americanos”, nosotros hemos optado por el
de “América para la humanidad”. Hay aquí dos
maneras contrapuestas y excluyentes de considerar la vida.
La raza anglosajona es egoísta; se juzga privilegiada
y superior a todas las otras razas. Nosotros, por el contrario,
nos sentimos hermanos de los hombres todos, y únicamente
podremos sentir conciencia racial cuando hayamos concebido
la posibilidad de realizar un destino propio. Norteamérica
ya se ha definido, desarrollando al extremo y perfeccionando
la civilización materialista, mecanicista y cuantitativa
de la vieja Europa. Nosotros aún no hemos dicho nuestra
palabra porque llevamos latente el nuevo germen que dará otra
orientación a la cultura del mundo y aportará nuevos
ideales a la especie. Tenemos que replegarnos sobre nosotros
mismos para escoger el camino que nos sea más adecuado.
Nada tenemos que hacer por hoy con la América del
Norte, sino defendernos de las garras de sus voraces capitalistas.
Los que predican un panamericanismo que Norteamérica
es la primera en despreciar, conspiraron contra el porvenir
de nuestra raza. Los Estados Unidos ya han cumplido su misión
de incomparables dominadores de la materia. Nosotros debemos
ahora emprender la nuestra, de intérpretes del espíritu.
La reforma universitaria. El advenimiento de la nueva era
americana lo ha hecho posible la joven generación
que despertó al calor del incendio de la guerra mundial
y alumbrada por la antorcha de la revolución rusa.
Esos grandes acontecimientos favorecieron el estallido de
su inquietud y libertaron su mente del sopor en que habían
vivido aletargadas, mental y moralmente, las generaciones
anteriores. Así nació la reforma universitaria,
que aunque no realizada totalmente, constituye ya uno de
los hechos de más significación en nuestra
historia. Talvez en ningún país se han pronunciado
los estudiantes pro el ideal de la justicia y la renovación
humanas con impulso tan unánime y resuelto como el
que les ha animado en esta América.
Es preciso que ese impulso no quede esterilizado en una
simple reforma burocrática. Debe ser punto de partida
para una acción conjunta reformadora que redima de
su inercia y su aislamiento a nuestros pueblos estáticos.
Debe prolongarse hasta renovarlos ideales educativos, realizar
trabajos por la confederación iberoamericana y formular
las bases de una nueva orientación cultural. En toda
obra de los jóvenes se denota sensibilidad más
afinada y la percepción de los problemas éticos
que en épocas precedentes fueron desconocidos o desdeñados.
En toda juventud de este continente se evidencia una rara
comunidad de espíritu que augura una unión
a realizar. Las mismas inquietudes la preocupan y la animan
idénticos ideales. Hasta el estilo es análogo:
nervioso, limpio y preciso, más cordial y más
sobrio.
Es indudable que existe una onda espiritual que recorre
nuestra América y dinamiza a la juventud para encaminarla
a grandes realizaciones.
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