LA REFORMA UNIVERSITARIA Y LA AUTENTICIDAD ARGENTINA*
* por Alejandro Korn, 1920.
Sobre el problema de la enseñanza superior abunda
una literatura esparcida en libros, revistas y periódicos
y no me propongo agregarle una página más.
No voy a recomendar ni el modelo de las universidades germánicas,
ni el ejemplo de las norteamericanas, no pienso inspirarme
en la organización de los institutos franceses o italianos.
Porque a esto se reduce entre nosotros el debate de los asuntos
universitarios: a ponderar como eximio, como único,
algún trasunto extraño. No podemos renunciar
a la propensión simiesca de la imitación tan
desarrollada en el espíritu argentino.
Promulgadas las reformas últimamente conseguidas,
más de una vez he escuchado la angustiada pegunta: ¿En
qué país ha visto usted semejante cosa? Y avergonzado
ante el reproche, he debido atribuirlas a un remoto atavismo,
pues valido de la erudición ajena he llegado a saber
que algo análogo se usaba en la vieja universidad
de Salamanca. Todo, antes de confesar nuestro coraje de hacer
algo propio.
Ante el espectáculo de la reforma impuesta con violencia
revolucionaria, los hombres de mi tiempo se hallan en la
situación trágica de aquellos padres españoles
que en la época de la emancipación veían
afligidos a sus hijos criollos enrolarse en las filas de
la rebelión. No podían i comprender, ni justificar,
ni sancionar una subversión destinada, a juicio de
ellos, a conculcar todos los respectos morales y tradicionales.
Aún cada generación caduca y agotada vuelve
a experimentar las mismas congojas. Casca il mondo, decía
aquel fraile, porque se demolían algunas piedras en
la Porta Pía. Gracioso es hallar la misma zozobra
en quienes alguna vez, antaño, también tuvieron
su cuarto de hora revolucionario.
La reforma universitaria no es una obra artificial. No
ha nacido en la mente pedantesca de un pedagogo, no es el
programa fugaz de un ministro, ni, como propalan los despechados
y los desalojados, la trama insidiosa de espíritus
aviesos. Es la obra colectiva de nuestra juventud, movida
por impulsos tan vehementes y espontáneos como no
habían vuelto a germinar desde los días de
la asociación de mayo, cuando el verbo romántico
de Echeverría despertó las conciencias a nueva
vida.
Fue en Córdoba, en el centro urbano más argentino,
más saturado de tradición ancestral, donde
estalló el movimiento, latente de tiempo atrás.
Por eso no se extravió. Con conciencia plena de los
males, con intuición clara de su remedio, creó las
nuevas formas de la vida universitaria, despreocupado de
fórmulas y ficciones. E hizo obra nuestra, obra nacional,
pese a algunos alardes de ingenuo exotismo; al fin el carmín
ocasional no ha de desteñir el color nativo.
La iniciativa arribeña, tan oportuna, tan eficaz,
de inmediato repercutió en el litoral y éste
es momento en que tras recia lucha, la reforma acaba de enseñorearse
del último baluarte, de la Universidad de la Plata.
No ha triunfado por acaso. Si ha podido convencer la obstinada
resistencia, si se ha sobrepuestos la incomprensión
de unos y a la malevolencia de otros, si ha hallado bríos
y tenacidad para mantener la larga contienda, es por ser
la expresión de una necesidad histórica.
Había sobrevenido en las universidades una verdadera
crisis de cultura. Por otra parte la persistencia de lo pretérito,
el imperio de difundidas corruptelas, predominio de las mediocridades,
la rutina y la modorra de los hábitos docentes, por
otro la orientación pacatamente utilitaria y profesional
de la enseñanza, la ausencia de todo autoritarismo
torpe y la falta de autoridad moral, dieron lugar a esa reacción
que nace de las entrañas mismas de la nueva generación.
Y he ahí el asombro de todos los teorizantes, indignados
porque ala realidad se atreve a rescindir de sus consejos,
porque las fuerzas vivas obedecen a su propia ley, sin curarse
de efusiones verbales siempre reñidas con los actos.
El mal estaba a la vista, no lo desconocían ni los
mismos autores, pero las mentes académicas abstraídas
en las reminiscencias del pasado, indiferentes al movimiento
actual de las ideas, sin noticias de la llegada de un nuevo
siglo, ni sospechaban siquiera la inquietud de las almas
jóvenes. Cuando más se les ocurría el
trasplante de instituciones exóticas, concebidas por
y para otras gentes. Larga es la serie de esas creaciones
postizas, que, o no arraigan en nuestra tierra o experimentan
una degeneración criolla que las convierte en caricatura
de sus originales. La juventud argentina – honor a
ella – supo hallar la vía propia, la solución
argentina y nacional. Ano ser por su arrojo, todavía
estábamos deliberando.
La exigencia de plantear nuestros problemas como propios
y resolverlos dentro de las características de nuestra
evolución histórica no importa incurrir en
una necia patriotería. Nada tengo en común
con quienes al decir patria la identifican con menguadas
concupiscencias y la celebran en vulgares frases. Parte integrante
de la humanidad también somos nosotros y sus angustias,
sus luchas y sus esperanzas también las vivimos nosotros.
Nuestro hogar se yergue sobre los bordes del Atlántico,
dispuesto a acoger con ánimo amplio todas las repercusiones
del proceso mundial. ¿Cómo desconocer precisamente
en la emoción intensa que labra el espíritu
de la juventud la expansión de corrientes universales?
Así también en la reforma universitaria se
expresa un anhelo de renovación, un deseo de quebrantar
las viejas formas de la convivencia social, de transmitir
los valores convencionales. Su importancia no reside en el
articulado casuista de estatutos más o menos acertados,
sino en el contenido ideal que logre animarlos.
En primer lugar se ha incorporado la acción de la
juventud como un elemento orgánico al gobierno de
las instituciones universitarias, esto es una energía
propulsora. Por cierto que con ello se ha perturbado la paz
de los claustros; la existencia ha dejado de ser apacible;
la sensación del riesgo en el ambiente hostil, obliga
a un constante esfuerzo para mantener el prestigio de la
cátedra. Yo he alcanzado todavía en los escaños
de la facultad de medicina profesores consagrados a la modesta
tarea de tomar la lección señalada en el texto
y era grave falta invertir acaso el orden de las páginas. ¡Tiempo
felices, ya no volverán! Sin duda en el desenvolvimiento
de la acción juvenil habrá habido alguna incongruencia,
algún exceso de palabras y en hechos. Concedamos aun
que haya habido alguna injusticia. Pero, ¿por qué se
ensaña el juicio de ciertos círculos y de cierta
prensa con cada desplante de la muchachada y guarda piadoso
silencio para cuantos prevaricaron a la alta función
del magisterio?
Luego la reforma es libertad. Es la emancipación
de trabas y tutelajes que constreñían el estudio
y sofocaban toda espontaneidad. Inspirados por concepciones
mecanistas, los métodos pedagógicos deprimían
la personalidad humana al nivel de una cosa susceptible de
ser catalogada, medida y clasificada. La libertad universitaria
supone en el estudiante, como correlativo ineludible, el
sentimiento de la dignidad y de la responsabilidad, los fueros
de una personalidad consciente, regida por su propia disciplina ética.
Sobre esta presunción reposa el porvenir de la reforma.
Todavía no ha llegado la hora de juzgarla y exigirle
frutos. Mucho ha hecho con desbrozar el camino. La reforma
será fecunda si halla una generación que la
sepa merecer. Abriguemos la esperanza de que quienes conquistaron
la libertad universitaria, la afirmarán, no como licencia
demoledora, sino como acción creadora.
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