LA REFORMA UNIVERSITARIA*
* por Alejandro Korn, Publicado en El
Argentino de La Plata, durante la gran huelga estudiantil
en 1919.
Nuestros institutos universitarios se hallan labrados por
una gravísima crisis y las fases sucesivas del proceso,
de vez en cuando con episodios más dramáticos,
sorprenden al público y obligan al comentario de
la prensa. Al fijarse la atención en cada uno de
los incidentes singulares, olvidados ya los anteriores
y desconocida su trabazón íntima, el juicio
simplista y superficial no atina a librarse de una impresión
molesta. Peor aún si afectos o intereses heridos
pretenden amenguarlos o si la apreciación sincera,
pero unilateral, solamente advierte una faz de los hechos
sin ahondar sus raíces. Tan a riesgo de decir cosas
sabidas que, entre universitarios, son casi lugares comunes,
conviene darle una difusión más amplia.
Si un movimiento se incuba durante varios años, estalla
en Córdoba, luego en la capital y repercute en La
Plata, si logra apasionar a la parte mejor de nuestra juventud,
si se mantiene con vigor y resiste todas las asechanzas,
debemos suponerle causas propias y no atribuirlo con ingenuo
candor a una “confabulación siniestra”.
Los motivos aparentes de cada conflicto en particular pueden
ser diversos ofrecer caracteres locales, pero esta perturbación
general por fuerza ha de responder a una causa general. Se
trata, no de un hecho, sino de una serie continuada de hechos
en los cuales se exterioriza un estado de ánimo: la
protesta contra resabios anacrónicos del pasado y
el deseo de enaltecer la vida universitaria. Negarlo, reducir
la reforma universitaria a las proporciones mezquinas de
una gresca estudiantil. Explicada por tal o cual motivo personal
u ocasional, es una falta de visión del conjunto,
es no tener la sensación del momento histórico
que vivimos. ¡Toda la humanidad se halla conmovida
y no había de inquietarse la juventud argentina!
Ocurre que la universidad ha perdido entre nosotros la dirección
de la vida intelectual, la cátedra se halla rezagada
con relación al medio ambiente. Dejemos a salvo, como
es natural, las excepciones, pero la renovación de
las ideas directrices, el arraigo de nuevas tendencias sociales,
estéticas o filosóficas, la controversia entre
posiciones opuestas, toda la brega espiritual, se verifica
fuera de las aulas. El libro y la revista son los vehículos
del pensamiento; la cátedra no enseña, el estudiante
se vuelve autodidacta y la concurrencia a clase una obligación
penosa.
Sin embargo, la ausencia del maestro se hace sentir, su
dirección, su influencia, no puede suplirse con una
información libresca. El estudio mismo de los autores
y su elección requieren un guía, un comentario,
una apreciación fundada; la letra muera sobre todo
ha de animarse, la materia especial subordinarse a sus conceptos
generales; toda la cultura de un espíritu amplio y
la autoridad sugestiva de una personalidad son necesarias
para dar a la enseñanza su eficacia. Los estudiantes
bien lo saben; con acierto implacable distinguen al maestro
del simple pasante que repite su texto o toda la lección,
o con desgano divaga para matar a todo trance la hora de
academia.
Todas estas deficiencias se acentúan por cierto si
la universidad, ajena a los cambios que sobrevienen ene.
Mundo de las ideas, abstraída en rutinas y doctrinas
pretéritas, se divorcia de las fuerzas activas y en
lugar de irradiar su influencia en la vida nacional se convierte
en refugio de la desidia y de la mediocridad. ¿Cómo
el descontento de una situación semejante no había
de provocar en la juventud el desdén primero, la protesta
después y, por último la inevitable rebeldía?
Las reflexiones serias y las declamaciones fingidas sobre
la falta de disciplina, a su vez no tardan en manifestarse.
La consagración al estudio no puede prosperar en el
desorden, la disciplina es necesaria, pero en el ambiente
universitario no puede imponerse ni por una reglamentación
pedantesca, ni mucho menos por la coerción física.
No cabe sino una autoridad moral, y haberla querido suplir
con el machete del gendarme ha sido un delito y el origen
de las reacciones violentas. La universidad aspira a ser
en el desenvolvimiento de nuestro pueblo una entidad directriz
merced a su alta autoridad moral y no puede ejercer otra
en su propio recinto.
Suprimida la asistencia obligatoria, profesores incapaces
de reunir cuatro oyentes en torno de sus cátedras,
claman por medidas compulsivas en lugar de tomar resignados
el camino de sus casas. Y en nombre del socorrido principio
de autoridad, las oligarquías dirigentes, también
ansiosas de perpetuarse, amparan la ineptitud, toleran la
indolencia, incurren en favoritismos y postergacines, eso
sí, atentas siempre al formulismo legal, satisfechas
de salvar las apariencias.
Entre tanto, fuera del claustro se derrumban viejos conceptos,
germinan nuevas ideas, bulle la vida en almas jóvenes
y las mentalidades académicas nada barruntan.
Si luego los nuevos tiempos se anuncian con algunos aldabonazos
recios, se sobresaltan e imaginan subvertido el orden cósmico
porque les peligra su plácida quietud.
Así, pues, como la asistencia libre es condición
indispensable para estimular al docente, la renovación
a breve plazo de los cuerpos académicos con la cláusula
de la no reelección es la segunda exigencia de la
reforma a fin de evitar la estabilización, algunas
veces vitalicia, de los mismos personajes en los mismos puestos
directivos.
No concluye, sin embargo la reforma universitaria con estas
y otras modificaciones de los estatutos vigentes, ni se la
identifique con la letra de alguna ordenanza reciente tan
permeable al fin a las arterías habituales como las
antiguas. La reforma es un proceso dinámico, su propósito
es crear un nuevo espíritu universitario, devolver
a la universidad consciente de su misión de su dignidad,
el prestigio perdido. Al efecto, es imprescindible la intervención
de los estudiantes en el gobierno de la universidad. Ellos
y solamente ellos representan el ímpetu propulsor,
la acción eficiente, capaz de conmover la inercia
y de evitar el estancamiento: Sin ellos nada se ah hecho
ni nada se habría hecho. La forma en que han de intervenir,
es cuestión secundaria; lo importante es que constituyan
un poder del cual en adelante no se pueda prescindir. Por
conquistar o afirmar este poder la juventud universitaria
en un esfuerzo solidario que abarca todo el país,
lleva dos años de gallarda lucha, y de su éxito
depende el porvenir de la cultura argentina. Los adversarios
francos de la reforma, por suerte a la fecha han sido arrollados;
nadie osa combatirla de frente. Enemigos más taimados
son otros que acuden a los recursos más insidiosos
para desvirtuarla y los peores amigos simulados que la aceptan
con reservas mentales.
Los que simpatizamos con la reforma, en cambio, nos resistimos
a magnificar ciertos incidentes, conservamos la fe en los
sentimientos espontáneos de nuestra juventud, y el
desquicio de la enseñanza lo achacamos a las corruptelas
acumuladas durante años. En la agitación momentánea
tan sólo vemos el punto de partida de un gran movimiento
espiritual encaminado a trasmutar la orientación ideológica
de las nuevas generaciones. Hemos anunciado el advenimiento
de un intensa cultuara ética y estética, genuinamente
argentina, ennoblecida por el anhelo de la justicia social
y destinada a superar, sin desmedro para la ciencia, la época
intelectualista y utilitaria. Complace ver a la juventud,
aunque sea por distintos rumbos, buscar la luz de nuevos
ideales.
Una cátedra libre rodeada por estudiantes libres,
dueños y responsables de sus actos, ha de contribuir
mejor a formar el carácter nacional que la tutela
verbosa de quienes jamás dieron un ejemplo de entereza.
Pecóse dentro y fuera de los muros de Troya. Así suele
acontecer cuando el conflicto de las ideas abstractas se
concreta en el choque áspero de sus representantes.
No pueden, empero, equipararse los extravíos de una
muchachada impulsiva con la incomprensión y los desplantes
de hombres maduros. Ciertos alardes serían inexplicables,
si no conociéramos la psicología risueña
de la indignación – con los otros. He ahí gentes
que impasibles han contemplado largo tiempo artimañas
y flaquezas humanas y ahora, ante unos gritos destemplados,
ante unos trastos rotos, se emocionan con sensibilidad femenina
y no pueden contener el torrente de su indignación.
Y hasta la revisten, si el caso llega, con las formas de
ese mísero derecho que se empela, no en servir la
justicia sino al cliente.
Hace poco más de un año, al sumir una función
académica, dijimos que algún estrépito
había de ocasionar el crujir de los viejos moldes.
No debiese tomar la metáfora en su sentido literal,
pero algunos vidrios estrellados y una venerable poltrona
perniquebrada nos tienen sin cuidado. Están en juego
prendas más valiosas.
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