LA REFORMA UNIVERSITARIA: UNA CONCIENCIA DE EMANCIPACIÓN
EN DESRROLLO*
* por Gabriel del Mazo, Discurso pronunciado en Córdoba
en 1938.
Para una estimativa integral de la reforma universitaria, es ineludible la
compresión del drama de nuestra América, como escenario secular
de invasiones y conquistas. Sus pueblos vivieron perennemente sujetos a mercados
e ideas extraños. Económicamente explotados y políticamente
negados, sufrieron venta y agravio. Los directores llamaron “bárbaros” a
los nacionales y fue sofisticación la historia escrita. En vez de
un orden de interpretaciones auténticas a de nuestro espíritu
y naturaleza se cultivó la imitación: un vivir de prestado.
Una despreciable civilización de presa informa la extranjería
de nuestros doctores y justifica la abdicación de los gobernantes.
Aquí fue parte de la conquista feudal, de la mercantil y de la capitalista.
Lo que en América se llama historia, es casi siempre episodio de historia
extraña, como su vida internacional ley de patrones. Hoy, luego de
un siglo de república, la tierra no pertenece a los pueblos y su producción
está en manos ajenas. Nuestro acontecer corresponde casi totalmente
a lo foráneo: rapiña y suplantación: barbarie: es antehistoria.
La historia se refiere a la vida del pueblo y su creación. Falta,
pues, el protagonista, si él lleva prisionero su cuerpo, confundida
su inteligencia, sofocada su propia expresión.
Escuela, educación, prensa, libro, ideas políticas,
valoraciones económicas, conceptos morales, todo conspiró en
contra, para que siquiera tal cuadro fuese inteligible. Hoy,
cuando una conciencia de profundidad, esclarecida en el dolor
de los pueblos, está en el camino de conocer la íntima
verdad de nuestro descastamiento y desposesión, vemos
en la reforma universitaria – cualesquiera hayan sido
sus limitaciones o desvíos -, una fuerza promovedora
y principal en la formación de esa conciencia, un
aporte decisivo en el nuevo proceso de unificación
continental para la libertad, una contribución sin
precedente en el renacimiento de lo histórico en la
viada americana. Demarcadas ya las líneas de la libertad
y de la conquista, de lo nacional y de lo que traiciona,
de la emancipación y de la entrega, prosigue, ahora
sí, la vieja campaña de la independencia. Hoy
contamos con una gran protesta, con una conciencia en marcha
y, con un ideal hacia el cual será posible elevar
una realidad cuyos valores y factores son una esperanza de
cultura humana. Por eso el 15 de Junio es una de las fechas
egregias de la independencia nacional y continental. América,
mito de historicidad humana, sustancia de nuestra propia
libertad, va incorporándose, rescatada y renacida.
La reforma universitaria es un movimiento madre. Ha dado
combatientes, inspiración, rumbo o doctrina, a los
que en el área continental se desenvuelven hoy con
carácter emancipador en el orden social y de la cultura.
Su nombre es ahora angosto, al cabo de veinte años,
para expresar todo el enriquecimiento de su idea y todos
los hechos o resonancias sociales de su influjo en el total
escenario de veintiún países; pero constituyen
una expresión simbólica ya consagrada, que
al señalar su origen en las aulas, enseñará por
siempre a la universidad y a sus agentes, su obligación
social, su deber de dar método, saber y técnica
para elevar estas factorías a naciones y para hacer
de nuestra cultura órgano americano de la historia
universal.
Así también, al cabo de veinte años,
la línea de su influencia no puede percibirse con
la nitidez de los tiempos iniciales cuando afloraba casi
exclusivamente en l universitario o educativo, pero a poco
que el observador estudie el proceso siguiendo las vetas,
la encuentra en los hombres o en los libros, en importantes
formaciones políticas, en la revisión del ideario
social, en el cauterizado acento de independencia de toda
actividad genuina.
Confluyó para su configuración originaria
en la Argentina, junto con las revelaciones de la gran guerra,
un movimiento excepcional, de raíz democrática
e inspiración ética, con que el pueblo argentino
iniciaba por primera vez en su historia su propia movilización
en la búsqueda y realización de lo auténtico.
La abstención del país en la contienda mundial – hecho
extraordinario de conciencia histórica -, permitió a
la nación replegarse en sus senos profundos y le dio
perspectiva para esclarecer las causas de aquel desastre,
la falacia de una civilización superficial y predatoria,
la inhumanidad intrínseca de un orden social en crisis.
Un hálito de renacimiento ensanchaba la vida del país
y en todos sus ámbitos nacía la fe en lo propio
y en la función y responsabilidad universal de lo
propio. La reforma universitaria labró su cauce en
esa gran corriente, fecundándola a su vez. Frente
a una cultura que conducía a la muerte, era aquí el órgano
específico en la reivindicación de una cultura
no sólo nueva y distinta, sino salvadora; hecha a
nuestra imagen y semejanza, en amor de pueblo y con el sentido
universal que lleva implícito el hombre.
Pero las universidades eran la expresión intelectual
de un pasado que se resistía a morir. Eran órganos
predilectos de las oligarquías mercantiles y extranjerizantes
que en ellas tomaban las insignias del poder y del privilegio
social. Una a una las universidades estallaron en sublevación,
desde la Argentina a México. Mostrar los focos es
pasar revista durante dos décadas a las grandes ciudades
del continente. El movimiento llevaba un sentido de unidad
y un mismo aliento. Americano por su origen y originalidad,
americanista por sus fines más próximos, imprimió su
tonalidad a toda una época, promoviendo acontecimientos,
como una fuerza de la historia, como una conciencia de emancipación
en desarrollo.
Por primera vez después de cien años, las
vanguardias jóvenes de nuestros pueblos retomaban
su unidad en América. Las juventudes en recíproca
vinculación iban descubriendo, a través del
dilatado espacio, su filiación común. Se acuciaba
en ellos el imperativo de rebeldía que iba ampliándose
en el plano popular. El nombre argentino fue así entre
los jóvenes de la patria grande u nombre de esperanza
y de cariño; auxilio de fraternidad, prestigio de
experiencia. Estamos ahora en retardo: somos deudores de
una deuda solemne ante el porvenir continental.
La campaña planteó inicialmente el problema
de la reforma de la universidad. Reclamó fuese reconstruida
y racionalizada. Amplió sus bases internas integrando
su comunidad. Con sentido pedagógico, jurídico
e histórico, centró su actividad en el estudiante.
Dio con ello respuesta a la exigencia formativa, satisfacción
al orden representativo, garantía de perennidad al
proceso de renuevo. Organizó la universidad como una
democracia de estudiantes. Unos son maestros de los otros
más jóvenes, en reciprocidad de aprendizaje
y todos van graduándose en saber sucesivo. Concede
así autoridad a todos los “autores”. Y
esto que es ya un organismo, puede ser entonces persona de
la cultura que ha de tomar sustancia nutricia en la realidad
de su pueblo, y en el ideal de su liberación.
Queda reivindicada la personería escolar del estudiante
en toda la amplitud pedagógica de su significado,
y desplazado hasta el joven el eje de la vida educativa.
De él arranca la razón de ser de toda entidad
que educa. La escuela es para el estudiante, no el estudiante
para la escuela; y hará del educando una entidad vigorosa,
no de sumisión, sino activa y creadora: la reforma
es liberación. El joven tiene derecho a su mundo de
valores, a sus personas. La universidad había desequilibrado
su vida y su fraternidad en un desorden de fondo. La reforma
restablece la participación activa general de sus
miembros, la armonía en la comunidad. Es un empeño
fundamental que asegura defensa contra el estancamiento o
letargia, una garantía de porvenir, como el fluir
renovado de las generaciones. (En la nueva concepción
de la república universitaria, quedan implicados los
derechos políticos de sus ciudadanos y legitimadas
así por primera vez la jurisdicción autonómica
de la universidad ante un estado democrático.)
Pero una universidad representa como idea y realización
la unidad orgánica de la cultura y por lo tanto su
afán integrador de búsqueda del hombre entero,
que hace de la escuela toda, una correlación gradual.
Dentro de la universidad sus institutos o “facultades”,
tienen funciones específicas en relación con
ramas de la ciencia o de su técnica, pero a condición
de que coordinadas en el conjunto educativo con inspiración
filosófica, satisfagan siquiera n mínimo de
aquellos fines y razón de ser. ¿”Facultades”,
de quién?: del alma. Las ciencias dan en sus aplicaciones
lo cuantitativote una civilización, sólo las
humanidades dan cultura. Pero no hay humanidades sin valoración
moral de la ciencia: sin ética. El problema de la
educación en el siglo es el que surge de la fragmentación
del hombre desequilibrado en la parcialidad de un saber baldío
de sentido humano. La mera técnica es radicalmente
estéril, o peligrosa, porque no es dueña de
su signo: es instrumento. Y nada como las cristalizaciones
mentales de la técnica impiden al hombre abarcar sus
problemas capitales o crear valores de cultura. La sola técnica
así sea científica, ilusiona con aparente fortaleza
que oculta un raquitismo por desnutrición. (Si hay
causas sociales de esta anomalía, deben ser removidas.)
Lo técnico profesional tiene que ser nutrido con cultura
de totalidad no sólo para que se beneficie en su propia
condición específica, sino para que se encauce
en lo legítimo. Poner la técnica al servicio
de las expresiones eminentes del espíritu. Hacer que
la cultura redima lo profesional o utilitario exigido por
la subsistencia del individuo, o por el mejoramiento de los
medios de creación cultural o de salud social, pero
que la necesaria raíz profesional crezca insertada
en un suelo común y propicia de humanidad. La universidad
traiciona su ejecutoria de universalidad si con alimentar
en su se lo la incultura del “especialista”,
consagra socialmente su arrogancia gremial, su agresiva ignorancia.
Frente a este planteamiento, los hombres del pasado protestaron
en nombre de Europa. No se ceñía al patrón
extraño, y era pedantería o ignorancia tal
coraje por hacer algo propio. Sin embargo, la agitación
pedagógica que casi simultáneamente prosperó en
el viejo mundo, difundida hoy con el nombre genérico
de “la nueva educación”, lleva, a pesar
de nuestros impugnadores, una fundamentación pedagógica
que tuvo aquí, en la reforma universitaria, el primero
y más vasto ensayo mundial; el primero, por de pronto,
en lo que a enseñanza superior respecta, y el primero
en absoluto, por sus realizaciones, por su conquistas en
el derecho positivo, por las consecuencia sociales que ha
promovido, y hasta por la extensión geográfica
de sus experiencias.
Es que la voz de Córdoba fue un vibrante reclamo
de independencia espiritual. Fue el reclamo de “la
hora americana”, como dice el primer manifiesto. Nuestros
intelectuales, nuestros maestros, nos habían enseñado
a resolver nuestros problemas según las maneras y
dictados de los últimos compendios y figurines exóticos. Éramos
repetidores de gestos extraños; actores de una civilización
de copia. La reforma universitaria es en cambio el nombre,
uno de los nombres, de una actitud profunda, de una amplia
transformación que responde a una crisis general del
mundo y una crisis particular del desarrollo nacional. No
es una proposición intelectualista, artificiosa, extranjera,
ni anacrónica, sino que surge de las entrañas
de nuestro país y de nuestra América, de la
juventud y del pueblo. Un afán, por ser, no por imitar:
la segura fe en el destino humano, cuando un hombre, un pueblo, “sea Él
y no otro”.
Pero las mejores estructuras y los más sabios planes
de cultura humana y social propuestos, no podían tener
efectividad sin una transformación social que tuviese
en cuenta el problema integral de nuestra independencia.
Las luchas sucesivas dieron al avance estudiantil conciencia
de sus límites. Había un enlace ineludible
entre los problemas de la educación y los que dimanaban
de un sistema estatal apócrifo y lesivo de lo autóctono.
El problema de la reforma se refiere a un conjunto de cultura
y de poder. De cultura, como saber plenario a la vez de profundidad
y de elevación; de poder, como un problema de acción
política capaz de vencer la oposición entre
pueblo y estado. Sin la emancipación nacional en proceso,
la universidad y la escuela toda, serán con intermitencias,
un reflejo de las oligarquías financieras o doctorales.
Serán también un reflejo de las condiciones
sociales relativas a la vida del niño o del adolescente
y a sus posibilidades económicas. La pedagogía
es sólo un devaneo intelectual si no contempla las
condiciones en que está inmersa la escuela. Frente
al pobre niño proletario, huérfano del mundo,
desnutrido y desvalida, la pura pedagogía es irreverencia.
El problema cultural es una de las fases del problema social.
Los estudiantes difundieron el planteamiento de fondo del
problema social. Fueron la primera fuerza que denunció nuestra
sujeción al imperialismo mundial, motor de nuestra
fragmentación continental y de nuestras guerras fratricidas,
y promotor de nuestras dictaduras, sus órganos locales,
cuya ingerencia condiciona poderosamente nuestra vida cultural,
donde un universidad va formando, con mentalidad adocenada,
los abogados, economistas y filósofos, destinados
a servir el interés invasor o el escarnio de la libertad.
Si universidad es universalidad de saber, instaurar esa
totalidad es reforma de la escuela toda. Pero decir re-forma
en países coloniales, es recrear formas nuevas que
le pertenezcan; que le nazcan de dentro. Es favorecer un
re-nacimiento, un nacimiento hacia fuera, de lo invívito;
es re-pensar y re-hacer la realidad con pensamiento y acción
de fundadores. Por una parte, reforma universitaria es una
demanda social por la creación del estudiante en todo
el significado de un hecho aún irrealizado, como inexistente
es todavía la universidad como núcleo cultural
en el plasma del pueblo. Por otra parte, reforma universitaria
es un elocuente reclamo y una acendrada tentativa de identificación
de saber y justicia; saber, que no es mera ciencia o técnica
sin conducción ética, que es conciencia de
sí, del ser nacional, del ser americano. Justicia,
que es justicia social: liberación del hombre en el
pueblo.
El Primer Congreso Internacional de Estudiantes de la reforma universitaria,
reunido en México en 1921, es órgano que expresa el nacer de
esa conciencia. Pero tres años después, en 1924, Hay de la Torre,
líder del movimiento de la reforma en el Perú, funda la Alianza
Popular Revolucionaria Americana, y concierta firmes y sabias bases de acción,
con lo que la reforma universitaria superando el ciclo anterior, pasa del movimiento
educativo al plano de una política económica y social de gran
envergadura. Frente al imperialismo como sistema debe oponerse otro sistema
también político, económico y también cultural,
que organice nuestros pueblos en asociaciones efectivamente nacionales, de
coherencia homogénea, concertadas en una unión emancipadora general
que permita proseguir la independencia bajo el siglo de una democracia completa.
(En la doctrina se señala que está invertido continentalmente
el proceso clásico capitalista: el imperialismo “última
etapa” en sus centros, es aquí etapa primera. La economía
local dependiente de tal invasión queda entrabada por interferencia;
y trastornada por sobre posición o deformación la marcha general
de lo propio. De lo que resulta que el plan de lucha no puede ser, ni siquiera
en lo económico, el que enseña la revolución en Europa.
Una realidad económica distinta, ahora descubierta, obliga a tenerla
en cuenta en su peculiaridad para concebir las bases de nuestro futuro estado,
rescatador del patrimonio y preparatorio en el avance, entre tanto los centros
donde tiene su asiento la internacionalidad plutocrática no se transformen).
Poco después de cumplir la reforma universitaria
su primer decenio, estallaron en la casi totalidad de nuestros
países golpes de estado. Las dictaduras que se siguieron
son una exigencia del conflicto que promueven los poderes
económicos, de dominio. De nuevo, desde la Argentina
hasta Cuba, son los estudiantes o los ex estudiantes de la
forma universitaria los que en primer término mantienen
la rebelión. Los dictadores los persiguen, torturan
o matan. En los focos trágicos, sangre de estudiante
fecundó el suelo de nuestra América. Son aquí,
muchachos peruanos fusilados en Trujillo, son allá muchachos
cubanos asesinados en La Habana. El signo de nuestra historia
se repite. Siempre estudiantes conduciendo el verbo y el
brazo de la emancipación.
En el transcurso de la lucha los jóvenes hicieron
suya la causa de los desposeídos, y en la intimidad
del dolor y la vida de los pueblos, muchos aprendieron el
inmenso tesoro de su riqueza sujetiva, la noble singularidad
de lo americano. Va así sustanciándose la idea
de “autonomía ameriacana” primordial del
movimiento, y va animándose, como grande promesa,
la de una cultura auténtica concebida en la unidad
despueblo. La libertad será su base, porque la libertad
es nuestra ley temperamental: nuestro realismo. Y ninguna
estructura, ni sobré posición, ni racionalismo,
ha logrado sofocarla en sus posibilidades germinales. Nuestros
pueblos no son comerciantes ni poseen la pasión del
dinero; prefieren el espíritu al cálculo, la
hospitalidad a la conquista. Constituyen un orden emocional.
Su patriotismo es un sentimiento político y moral
de raíces puras, así como su juicio de lo humano,
una valoración ética que atiende la conducta
por sobre la inteligencia, el saber o la técnica.
Toda reforma social con vistas a una transformación
actual o hacia formas de humanidad futura, que se funde únicamente
en lo material o económico, será tentativa
frustránea e ilícita de empobrecer una realidad
tan extraordinariamente afortunada.
¿Qué es ya la conciencia social y de autoctonía
iniciada “el dieciocho”? Es un vasto empeño
para organizar y uniformar la América indoespañola
sobre sus bases éticosociales, transformando sus estados
bajo la inspiración y esfuerzo del genio del suelo
y del pueblo para servir una cultura característica,
poniendo acento propio a una causa universal. La procura
de un orden material sometido a una ley de justicia. Un estado
popular a la vez defensivo y liberador, que nacionalice el
poder público y organice la economía al servicio
de la nación, de sus bases productivas, de su pueblo,
bajo las directivas de sus mayorías políticas.
La economía libre no es la libertad económica:
es el privilegio de minorías sobre un país
sometido. El hombre no es un valor económico, es una
dignidad. Sujetar entonces la economía para garantir
la libertad; pero garantir a su vez tal ejecución
por la igualdad política. Hacer que el estado sea
de la nación; que la nación se mande a sí misma.
La llamada libertad política, sin el resguardo económico
de un estado emancipador, es ficción jurídica
para sancionar las determinaciones de los dueños de
la riqueza. Dominio del hombre sobre el orden objetivo. Libertad
de los hombres, no de las cosas. El liberalismo plutocrático
glorificó la idea de libertad referida a las máquinas,
enseres y productos, de lo que resultó a esclavitud
de los hombres. Humanismo, que es liberalismo esencial, sí;
pero humanizar la economía y hacer de lo económico
sólo un conjunto ordenado de medios. La libertad humana
es para América unidad no desintegrable. Debemos hacernos
nacionalmente dueños de las cosas americanas para
garantizar y enriquecer la libertad de las gentes americanas.
La nación no es una abstracción ni una entelequia
como quieren los adversarios de la democracia. La nación
es lisa y llanamente la vida del pueblo; su vida y sus sueños.
Y no vive el pueblo, ni toma posición como personaje
de la historia, si el particularismo le toma su tierra y
su pan y su techo y su vestido. No tiene posibilidad de escuela,
de universidad, ni de cultura, la nación, si el vasallaje
del pueblo coloca a sus demandas en el plano de la urgencia
biológica. Emancipar entonces la nación en
el estado para que el estado no la colonice ni contrate contra
ella, y permitir así al pueblo su movilización
creadora, su función histórica.
Es ancha y rica la idea de pueblo, de sociedad que busca
en esa morada multánime la unidad natural, sana y
legítima de la nación. Supera la idea de clase,
que es sólo económica; supera la idea de raza
que es sólo biológica, supera la idea gremial
o corporativa, que adjudica primordialidad y universalidad
a lo que es circunscrito interés de oficio o unilateralidad
formativa; supera la idea de masa, despectiva de la individualidad,
noción física que lleva implícita una
aristocracia de dominadores. La idea de pueblo es un valor
más alto, como que a su realización debe preceder
la liberación de lo económico y el acendramiento
de lo corporal. Es un enlace con lo eterno; una concepción
moral; una reivindicación de la dignidad del hombre
en la lucha eterna por su integración, por su emancipación,
que es lo histórico en la historia.
Debe caracterizar a los hombres, entre los seres, su capacidad
exclusiva de interpretar la historia: de distinguirla, aun
del más impresionante acontecer. Tener conciencia
de ella es poseer la convicción de la unidad esencial
del género humano, poseer conocimiento de palucha
titánica por su ascensión desde los orígenes
remotos. Saber que el hombre va lográndose por instancias
de libertad, tantas veces sofocadas y otras tantas triunfantes
en un proceso milenario. No hay tarea educativa, no hay escuela
ni hay universidad que se justifique, sino es capaz de revelar
la entraña de esta contienda de siglos, enseñando
a tomar filiación consciente en el verdadero linaje
de lo humano, en función de libertad, conjugando espíritu
y futuro. No hay concepción digna de una nacionalidad
si no se alimenta de una esperanza del mundo, si carece de
sentido histórico. Lo argentino, lo americano y su
implicación humana es lo que adjudica historicidad,
perspectiva de perfección a nuestro esfuerzo individual
o social. En medio del drama de una nueva edad, nuestra ligazón
con lo que de lejos viene y remonta, nos dará nobles
satisfacciones y no desolación; estímulo de
santa continuidad. (Una doble ribera de anchos mares conforma
nuestro ser territorial en esta confluencia en que Edmundo
Atlántico le llega de vuelta al Oriente con el curso
del sol. Entre la civilización de Europa y las culturas
de los pueblos gigantes de las otras Indias, el Nuevo Mundo
debe descubrirse a sí mismo. Tal vez sea aquí donde
una cultura de profundidad asocie al movimiento la meditación,
distinga cantidad de infinitud y rime el alma con el hecho,
bajo el primado del espíritu.) Pueblo y América.
He ahí la gran demanda de la reforma universitaria.
Todo lo que no siga esa línea ha sido y será limitación,
ha sido y será desrumbo. Ni desertores de la americanidad,
que es consentir nuestro destierro, ni prevaricadores de
lo popular que es renuncia a lo entrañable. Derrocar
la erudición sin consistencia terrígena. Abatir
la vanidad intelectualista que enuncia al pueblo pero que
lo elude en su existencia real de cuerpo y alma, en su sentimentalidad,
en sus preferencias, en sus tradiciones. En lo americano
lo universal: en lo popular la historia. Ése es el “destino
heroico de la juventud” que señalaron los estudiantes
argentinos, cuando hace veinte años proclamaron la
revolución americana. Los profesos de ayer y de hoy
venimos otra vez a contraer la conciencia y a celebrar la
fe.
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