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HACIA LA NUEVA REFORMA: La Reforma de Córdoba

Por Darcy Ribeiro

Hemos resuelto llamar a todas las cosas
por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde
hoy contamos para el país una vergüenza menos
y una libertad más. Los dolores que quedan
son las libertades que faltan. Creemos no
equivocarnos, las resonancias del corazón nos
lo advierten: estamos pisando sobre una revolución,
estamos viviendo una hora americana.

A los elementos positivos y negativos señalados en el estudio de los grandes sistemas universitarios y en el análisis de la estructura tradicional de la universidad latinoamericana corresponde agregar, ahora, un balance crítico de los esfuerzos más señalables de renovación que están siendo llevados a efecto y una evaluación de los desafíos con que nos enfrentamos. Sobre la base de estos análisis intentaremos formular las directrices que, a nuestro modo de ver, deberán regir la nueva reforma universitaria.

17. Tentativas de renovación

Como ya se ha expresado, la universidad latinoamericana no se encuentra estancada en la forma tradicional en que cristalizó en las primeras décadas del siglo XX. Por el contrario, experimentó múltiples cambios producidos por causas, tanto internas como externas. Las primeras debido a los esfuerzos de renovación institucional de los profesores más disconformes y, sobre todo, a la presión del movimiento estudiantil. Las últimas debidas a influencias innovadoras que le hicieron agregar muchas escuelas a los conjuntos originarios y enriquecieron el contenido de los viejos planes de estudio, con nuevas disciplinas básicas y aplicables.

Estos esfuerzos de renovación, sin embargo, ejerciéndose episódicamente, apenas agregaron al antiguo modelo de organización universitaria una serie de apéndices sin llegar a alterar la médula del sistema con un cambio en la estructura misma. Algunas de las tentativas de renovación y de reestructuración deben, sin embargo, ser examinadas como experiencias concretas, que mucho pueden enseñar, se a por los progresos alcanzados a través de ellas, como por los fracasos experimentados a la vez.

La Reforma de Córdoba

La principal fuerza renovadora de la universidad latinoamericana fue el movimiento reformista iniciado en Córdoba en 1918. La verdad, sin embargo, es que el movimiento de reforma precedió a aquel evento y lo sucedió como un esfuerzo deliberado de los cuerpos universitarios, en particular del estudiantado, de toda la región, especialmente de América Hispana, por transfigurar las bases de la vida académica, superando sus contenidos más arcaicos.

El ideario de la reforma expresado admirablemente en el Manifiesto de Córdoba, correspondía – como era inevitable – al momento histórico en que ella se desencadenó y al contexto social latinoamericano, cuyas élites intelectuales empezaban a tomar conciencia del carácter autoperpetuante de su atraso en relación a las otras naciones y de las responsabilidades sociales de la universidad, para reclamar una modernización que las volviese más democráticas, mas eficaces y más actuantes hacia la sociedad.

Las características distintivas de las universidades hispanoamericanas provienen del programa de Córdoba. Tal es el co-gobierno por el cual se instituyó la representación del estudiantado con derecho a voz y a voto, en proporciones variables en los órganos deliberativos de la universidad y de las facultades. Los países en los cuales los estudiantes alcanzaron más alta representación son Argentina, Uruguay, Bolivia, Perú y, más reciente y condicionalmente, México, Venezuela y Colombia. En los demás, esta representación es la principal reivindicación estudiantil objeto de permanente combate junto con los demás objetivos de la reforma.

Las postulaciones básicas de la Reforma de Córdoba fueron:

1. El cogobierno estudiantil;

2. La autonomía política, docente y administrativa de la universidad;

3. La elección de todos los mandatarios de la universidad por asambleas con representación de los profesores, de los estudiantes y de los egresados;

4. La selección del cuerpo docente a través de cursos públicos que aseguren amplia libertad de acceso al magisterio;

5. La fijación de mandatos con plazo fijo (cinco años generalmente) para el ejercicio de la docencia, sólo renovables mediante apreciación de la eficiencia y competencia del profesor;

6. La gratuidad de la enseñanza superior;

7. La asunción por la universidad de responsabilidades políticas frente a la nación y la defensa de la democracia;

8. La libertad docente;

9. La implantación de cátedras libres y la oportunidad de impartir cursos paralelos al del profesor catedrático, dando a los estudiantes la oportunidad de optar entre ambos, y

10. Las libres asistencias a clases.

Además, de este decálogo, los estudiantes latinoamericanos lucharon, en los últimos veinte años, por una serie de recomendaciones concernientes a la elevación del nivel de calificación del profesorado y a la mejora de sus condiciones de vida y de estudio.

Entre otras:

a. La erradicación de la teología y la introducción, en lugar de ésta, de directrices positivistas.

b. La ampliación y diversificación de las modalidades de formación profesional a través de la creación de nuevas escuelas especializadas.

c. El intento de institucionalizar el cogobierno de la universidad por sus profesores y estudiantes.

d. La implantación, más verbal que real, de la autonomía de la universidad frente al Estado.

e. La reglamentación del sistema de concursos para el ingreso a la carrera docente que, sin embargo, jamás eliminó el nepotismo catedrático.

f. Y, por último, algunas conquistas en el campo de la libertad docente, de la modernización de los sistemas de exámenes y de la democratización, a través de la gratuidad de la enseñanza superior pública.

En un estudio anterior resumimos las características básicas de la universidad latinoamericana tradicional, tal como se presentaban hace algunos años.

Dada su amplitud y sus ambiciones, este programa sigue siendo la bandera de lucha, tanto de los estudiantes, como de gran parte del profesorado latinoamericano, formado bajo su inspiración. Su piedra de toque es, sin embargo, el régimen del cogobierno, acusado por unos de degradar la universidad, de politizarla y de impedirle el ejercicio de sus funciones esenciales; y apreciado por otros como el gran motivo de orgullo de la universidad hispanoamericana.

Estos dos juicios opuestos coinciden visiblemente con las posturas más reaccionarias y más progresistas dentro de la universidad. Una apreciación crítica del cogobierno indica que el puede conducirla tanto a deformaciones como a progresos. A deformaciones, porque haciendo de los estudiantes los electores de decanos y rectores, puede llevarse a ciertas formas d de corrupción y a progresos, porque la presencia de estudiantes en los cuerpos deliberativos presta a éstos una sensibilidad mayor frente a los problemas de la enseñanza, una preocupación más honda por los problemas nacionales y les da una mayor conciencia de las responsabilidades sociales de la universidad.

El cogobierno permitió, por otra parte, enfrentar los intereses mezquinos que frecuentemente se encajan en los cuerpos docentes cuando éstos son los únicos reglamentadotes de sus propias carreras y obligaciones. Esas aserciones se compraban por el hecho de que las universidades latinoamericanas que más ampliaron las oportunidades de educación ofrecidas a la juventud, son las que mayores exigencias introdujeron en la renovación de los mandatos docentes, desfeudalizando las cátedras y desburocratizándolas, fueron las que contaron con el cogobierno estudiantil.

Sin embargo, gran parte del ideario de Córdoba está hoy superado, tal como la exigencia de aparatosos concursos públicos para el acceso a las cátedras que, si se justificaba en el pasado como forma de imponer procedimientos impersonales de selección de docentes contra el nepotismo catedrático y la política de clientela de los órganos centrales, ya hoy, constituye, frecuentemente, un obstáculo a la organización de la carrera del magisterio. Tampoco se justifica la reivindicación de no obligatoriedad de asistencia a los cursos, que sólo revelaba un juicio hondamente disconforme sobre las viejas clases magisteriales, en virtud de la naturaleza retórica de una universidad en la que predominaban los estudios jurídicos, La reivindicación de exámenes permanentes respondió, asimismo, a la hoy superada necesidad de compeler a los profesores al ejercicio de esta función a la que frecuentemente se negaban o resistían, prolongando innecesariamente los cursos.

No ocurre lo mismo con otros postulados, como la lucha por el establecimiento de mandatos renovables en las cátedras, que tenía como mira quebrantar el principio aún vigente en algunos países, de la vitalicidad de la cátedra, concebida como una propiedad privada de su titular. Este principio fue y sigue siendo defendido por el movimiento estudiantil, sin perjuicio de la lucha paralela por la libertad docente, o sea por asegurar al profesor el derecho de expresar libremente su pensamiento. También la gratuidad e la enseñanza, que corresponde a ideales de democratización de la universidad, sólo fue alcanzada parcialmente, sea a través de éstos o de oros procedimientos.

La lucha por la autonomía –en tanto que derecho a gobernarse libremente- representa también una permanente aspiración universitaria siempre negada por la contradicción irreductible entre su voluntad de ser libre y su dependencia frente al poder estatal que la costea. Esta lucha se trabó siempre, en América Latina, con la conciencia de que, no obstante las dificultades que implica, la dependencia del Estado como órgano financiador es preferible a sus alternativas, que son la sujeción a las iglesias o al mecenazgo privado.

Apreciadas en su conjunto, las soluciones propugnadas por la Reforma ya no son satisfactorias ni suficientes para asegurar la renovación indispensable a las universidades latinoamericanas que las capacite para el pleno cumplimiento de sus funciones. Diversas alteraciones fundamentales en su organización y funcionamiento exigen hoy nuevas soluciones. Es el caso, por ejemplo, de la selección del magisterio y de la organización de la carrera docente que no puede ser resuelta tan sólo mediante concursos o con las renovaciones quinquenales de mandato. Es el caso, asimismo, de la certificación del aprendizaje, que tampoco se soluciona con mesas examinadoras permanentes, sobre todo cuando convierten a la universidad en una máquina de exámenes, en perjuicio de sus demás funciones. La democratización de la universidad mediante la enseñanza gratuita y el libre ingreso a los que terminaron los cursos de liceos necesita también ser reexaminada frente a la evidente insuficiencia de estos procedimientos cuando no son completados por otros.

Todo ello indica la necesidad imperativa de rever el envejecido ideario reformista y sustituirlo por un proyecto nuevo de renovación institucional de la universidad que tenga para la generación actual la significación que el Manifiesto de Córdoba tuvo en los últimos cincuenta años.

 

 
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