LA NUEVA GENERACIÓN AMERICANA *
* por Deodoro Roca, Discurso de clausura
del Primer Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios,
en Córdoba, leído al finalizar
la sesión de clausura de 30-31 de julio de 1918.
Señores congresales: Reivindico el honor de ser camarada vuestro. Reclamo,
pues la consideración que se os dispensa. Para ello, sabed que practico
esta enseñanza de Enrique Bergson: conservar la disposición de
espíritu con que “entráis” vosotros a la universidad
y estar siempre dispuesto – cualquiera que sea la edad y la circunstancia
de la vida – a volver a ser estudiante. Si esa disposición de
espíritu es el aliento del trabajo filosófico, lo es también
del vigor juvenil. Apenas me adelanté en corta jornada: la que remata
el ciclo oficial de los estudios. Ahora os estaba aguardando. En el camino
no había una sola sombra quieta. Alcé el zurrón de los
peregrinos y me puse en el cruce de las rutas fatales, sobre la calle amarga
de los sacrificios, seguro de que por ahí habríais de pasar.
Anduve en lo cierto. Pasasteis. Se os distinguía en la música
pitagórica de las ideas, en los ritmaos amplios, en las frentes claras;
tal como en Leo símbolos heráldicos, en las manos abiertas.
Y en el hondo me sentí hermano vuestro, oprimido
de la misma angustia, tocado de la misma esperanza. Por eso
estuve en la calle estentórea ardiendo en grito de
rebelión y por eso estuve aquí oyendo profundamente
las cosas esenciales que dijisteis. La calle fue el teatro
romántico de la revolución. Es, también,
su destino más glorioso. ¿Y cuál fue,
desde lo inmemorial, la que no pasó por ella, descompuesto
el ademán, ronco el grito, inflamada, heroica, magnífica?
El corazón anduvo libre por plazas y calles. El congreso
de hoy se afana por expresarlo. Ahora, los vidrios rotos
representan la consistencia frágil, los gritos cobran
la dignidad de las ideas. Caracteres esforzados timbraron
de heroísmo y de locura los instantes iniciales. Quedaron
los sueños vivos y desde aquí los selectos
imaginan y construyen.
Pertenecemos a esta misma generación que podríamos
llamar “la de 1914”, y cuya pavorosa responsabilidad
alumbra el incendio de Europa. La anterior, se adoctrinó en
el ansia poco escrupulosa de la riqueza, en la codicia miope
en la superficialidad cargada de hombros, en la vulgaridad
plebeya, en el desdén por la obra desinteresada, en
las direcciones del agropecuarismo cerrado o de la burocracia
apacible y mediocrizante.
Fugábase la espiritualidad; hasta el viejo esprit
de los criollos – gala de la fuerza nativa, resplandor
de los campamentos lejanos en donde se afianzó nuestra
nacionalidad – iba diluyéndose en esta grisácea
uniformidad de la conducta, y enredándose en las oscuras
prácticas de Calibán. El libro recién
llegado – cualquiera que fuese su procedencia y su
calidad – traía la fórmula del universo
y la única ljuz que nuestros ojos podían recoger.
Asumía el carácter de un símbolo: el
barco no llegaba y entonces el rumor de la tierra perdía
sentido y hasta el árbol familiar callaba su voz inefable.
No importaba que unos pocos espíritus de escritores
salieran cantando de la selva con el hacha al hombro. En
los ojos traían copiadas las líneas esbeltas
y ágiles de la montaña nativa; el corazón
venía hecho paisaje de campo. Eran como islotes de
la raza en donde se hubieran recogido todas sus fuerzas vivas.
Llegó con ellos la fe en los destinos de la nacionalidad.
Y precisamente, irrumpieron en las ciudades, cuando la turba
cosmopolita era más clamorosa, y nuestros valores
puramente bursátiles.
Entraron a codazos. D escándalo en escándalo,
de pugilato en pugilato, llamaron sobre sí la atención.
Y en todos los campos se inició la reacción.
La primera y la más gloriosa y enteradamente solidaria
con las demás, fue la cruzada literaria. Las penúltimas
generaciones estaban espesas de retórica, de falacia
verbal, que trascendía a las otras falacias, pues
lo que en el campo literario era gandielocuencia inútil,
en el campo político era gesticulación pura,
ene el campo religioso rito puro, en el campo docente simulación
clínica o pedantería hueca, en la vida comercial
fraude o escamoteo, en el campo de la sociabilidad ostentación
brutal, vanidad cierta, ausencia de real simpatía,
en la viada familiar duplicidad de enseñanza, y en
el primado moral enajenación de rancias virtudes a
favor de vicios ornamentales.
Entonces, se alzaron altas las voces. Recuerdo la de Rojas:
lamentación formidable, grave reclamo para dar contenido
americano y para infundirle carácter, espíritu,
fuerza interior y propia al alma nacional; para darnos conciencia
orgánica de pueblo. El centenario del año 10
vino a proporcionarle razón. Aquélla no fue
la alegría de un pueblo sano bajo el sol de su fiesta.
Fue un tumulto babélico; una cosa triste, violenta,
oscura.
El estado, rastacuero, fue quien nos dio la fiesta. Es
que existía una verdadera solución de continuidad
entre aquella democracia romántica y esta plutocracia
extremadamente sórdida. Nuestro crecimiento no era
el resultado de una expansión orgánica de las
fuerzas, sino la consecuencia de un simple agregado molecular,
no desarrollo, y sí yuxtaposición. Habíamos
perdido la conciencia de la personalidad.
Volvernos hacia la contemplación de la propia tierra,
y hacia la de nuestros hermanos: “adentrarnos” en
nosotros mismos y encontrar los hilos que nos atan a nuestro
universo en las fuerzas que nos circundan y que nos llevan
a amar a nuestro hermano, a dar nuestro campo, a cuidar nuestro
huerto, a dar de nosotros lo que los demás piden,
ser como el buen árbol del bosque nórdico del
recuerdo de Bravo, que mientras más hunde sus raíces,
más alto se va para las estrellas y más vasta
sombra proyecta para aliviar la fatiga de los: errantes viajeros:
tal parece ser el sentido de lo que llega.
Dos cosas – en América y, por consiguiente,
entre nosotros – faltaban: hombres y hombres americanos.
Durante el coloniaje fuimos materia de explotación;
se vivía sólo para dar a la riqueza ajena el
mayor rendimiento. En nombre de ese objetivo, se sacrificó la
vida autóctona, con razas y civilizaciones; lo que
no se destruyó en nombre del trono se aniquiló en
nombre de la cruz. Las hazañosas empresas de ambas
instituciones – la civil y la religiosa – fueron
coherentes. Después, con escasas diferencias hemos
seguido siendo lo mismo: materia de explotación. Se
vive sin otro ideal, se está siempre de paso y quien
se queda lo admite con mansa resignación. Es ésta
la posición tensa de la casi totalidad del extranjero
y esa tensión se propaga por contagio imitativo a
los mismos hijos del país. Por consiguiente, erramos
por nuestras cosas – sin la libertad y sin el desinterés
y sin “el amor de amar” que nos permita comprenderlas.
Andamos entonces, por la tierra de América, sin vivir
en ella. Las nuevas generaciones empiezan a vivir en América,
a preocuparse por nuestros problemas, a interesarse por el
conocimiento menudo de todas las fuerzas que nos agitan y
nos limitan, a renegar de literaturas exóticas, a
medir su propio dolor, a suprimir los obstáculos que
se oponen a la expansión de la vida en esta tierra,
a poner alegría en la casa, con al saluda y con la
gloria de su propio corazón.
Esto no significa, por cierto, que nos cerremos a la sugestión
de la cultura que nos viene de otros continentes. Significa
sólo que debemos abrirnos a la comprensión
de lo nuestro.
Señores: la tarea de una verdadera democracia no
consiste en crear el mito del pueblo como expresión
tumultuaria y omnipotente. La existencia de la plebe y en
general de la toda masa amorfa de ciudadanos está indicando,
desde luego, que no hay democracia. Se suprime la plebe tallándola
en hombres. A eso va la democracia. Hasta ahora – dice
Gasset – la democracia aseguró la igualdad de
derechos para lo que en todos los hombres hay de igual. Ahora
se siente la misal urgencia en legislar, en legitimar lo
que hay de desigual entre los hombres.
¡Crear hombres y hombres americanos, es la más
recia imposición de esta hora!
Y bien, señores. El mal ha calado tan hondo, que
está en las costumbres del país. Los intereses
creados en torno de lo mediocre – fruto característico
de nuestra civilización – son vastos. Hay que
desarraigarlo, operando desde arriba la revolución.
En la universidad a vivir no a pasar por ellas; ir a formar
allí el alma que irradie sobre la nacionalidad: esperar
que de la acción recíproca entre la universidad
y el pueblo, surja nuestra ereal grandeza. La confederación
de los espíritus realizada en sus formas suplantará a
las otras. Poco a poco las formas milenarias irán
siendo remplazadas. Porbalbemente la organización
de los pueblos se realizará conforme al tipo de una
cierta universisdad, que todavía no hemos delineado,
pero al que se aproximan en mucho las universidades americanas.
Y yo tengo fe en que para estas cosas y para muchas tan altas
como ésta, viene singularmente preparada nuestra generación.
En palabras recientes he icho que ella trae una nueva sensiblilidad,
una posición distinta e inequívoca ante los
problemas universales de la cultura.
Frente a los primeros arrestos he reafirmado mi fe, recordando
las expresiones augurales con que un poeta amigo se dirige
al espíritu de las montañas. Donde quiera que
esta juventud ensaye algo, se advierte ya la presencia del
espíritu que ha de culminar en su vida.
Siempre se debe decir la verdad que se piensa. Y yo, honradamente,
pienso que lo que este cogreso ha hecho es expresar aquella
sensibilidad, tanto en la corazonada que lo reunió,
como en el espíritu que le animó. Esto quedará no
como una fórmula hecha, sino como un anhelo. Ese anhelo
debe recogerlo quien sepa servirlo, pero, ante todo, ustedes
deben agitarlo como fermento de fe. Tal vez los políticos
comprendan poco lo que está pasando en el alma de
la juventud de nuestra patria. Y si han de recoger ese anhelo
que lo recojan maduro, que antes de una colaboración,
sea más bien un reconocimiento: la fabricación
de algo existente. Este congreso no puede ser una meta, sino
el tránsito a otro congreso, y en ese tránsito
de un año, debéis difundir el espíritu
que os abraza. La revolución que ha comenzado, yo
creo, no estaría satisfecha, con una ley solamente,
porque, como enuncia la recordada frase de Nelson, éstos
son más que problemas de leyes: son problemas de almas.
Y el alma que ah de producir la solución de todos
los problemas clarea ya. La he visto asomar en este congreso,
que es el único puro, el único que , en cierto
plano, tiene realmente el país, en testa hora triste
para la inteligiencia y el carácter de los que actúan.
Por vuestros pensamientos pasa, silencioso casi, el porvenir
de la civilización del país. Nada menos que
eso, está en vuestras manos, amigos míos.
En primer término, el soplo democrático bien
entendido. Por todas las cláusulas circula su fuerza.
En segundo lugar, la necesidad de ponerse en contacto con
el dolor y la ignorancia del pueblo, ya sea abriéndole
las puertas de la universidad o desbordándola sobre él.
Así, al espíritu de la nación lo hará el
espíritu de la universidad. Al espíritu del
estudiante lo hará la práctica de la investigación,
en ele ejerció de la libertad, se levantará en
el estadio, en el auditorio, en las fraternidades de la futura
república universitaria. En la nueva organización
democrática no cabrán los mediocres con su
magisterio irrisorio. No se les concibe. En los gimnasios
de la antigua Grecia, Platón pasaba dialogando con
Sócrates.
Naturalmente, la universidad con que soñamos no
podrá estar en las ciudades. Sin embargo, acaso todas
las ciudades del futuro sean universitarias; en tal sentido
las aspiraciones regionales han hallado una justa sanción.
Educados en el espectáculo fecundo de la solidaridad
en la ciencia y en la vida; en los juegos olímpicos,
en la alegría sana; en el amor a las bellas ideas;
en el ejercicio que aconsejaba James: ser sistemáticamente
heroicos en las pequeñas cosas no necesarias de todos
los días; y por sobre todo, en el afán – sin
emulación egoísta – de sobrepasarse a
sí mismos, insaciables de saber, inquietos de ser,
en medio de la cordialidad de los hombres.
Señores congresales: No nos desalentemos. Vienen – estoy
seguro – días de porfiados obstáculos.
Nuestros males, por otra parte, se han derivado siempre de
nuestro modo poco vigoroso de afrontar la vida. Ni siquiera
hemos aprendido a ser pacientes, ya que sabemos que la paciencia
sonríe a la tristeza y que “la misma esperanza
deja de ser felicidad cuando la impaciencia la acompaña”.
No importa que nada se consiga en lo exterior si por dentro
hemos conseguido mejoramos. Si la jornada se hace áspera
no faltarán seños que alimentar; recordemos
para el alivio del camino las mejores canciones, y pensemos
otra vez en Ruskin para decir: ningún sendero que
lleva a ciencia buena está enteramente bordeado de
lirios y césped; siempre hay que ganar rudas pendientes.
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