DEODORO ROCA Y LA REFORMA UNIVERSITARIA
*por María Verónica Galfione,
UNC, 2002
A los 18 años de la Reforma Universitaria, Flecha
organizó una encuesta que respondieron personalidades
tales como Julio V. González, Saúl Taborda
o Gregorio Bermann. El periódico cordobés Los
Principios, si bien no había recibido el cuestionario,
intervino en la discusión defendiendo si no las certezas
de los sectores conservadores de Córdoba al menos
sí sus expectativas. El pronóstico que este
medio hacía sobre el futuro de la reforma no puede
dejar de resultar extraño para quienes estamos habituados
a la rutina reformista de nuestras universidades. En Los
Principios se podía leer lo siguiente: “Será...
no somos adivinos, pero, uno de dos, o desaparece por atentatoria
del orden hasta la más leve referencia a la reforma,
o será un recuerdo del desquicio imperante el `18.
Porque la reforma para los izquierdistas de hoy, no es nada,
y será menos; para los derechistas es y será lo
que fue: un escándalo.”[i]
El desacierto de semejante previsión resulta indiscutible
desde el presente. La reforma universitaria no es ya objeto
de luchas políticas reales en la argentina universitaria.
Tradiciones políticas diametralmente opuestas de la
iconoclasta “revolución de los espíritus” hacen
de ella su piedra fundacional sin que esto implique el desconocimiento
de la tradición reformista por parte de los partidos
de izquierda o de los independientes. La reforma ha perdido
su potencial crítico convirtiéndose en símbolo
del status quo. Una institucionalización que en sus
comienzos no fue entendida sino como medio para la realización
de ideales más elevados y sutiles ha sido fatalmente
confundida con los fines mismos. De esta forma, la reforma
ha quedado identificada con ciertas modificaciones (la asistencia
libre o la renovación periódica de los cuerpos
académicos, por ejemplo) en la letra de alguna ordenanza;
ha sido clausurada quedando negada así en lo que ella,
según sus realizadores, tenía de más
propio: su ser “proceso dinámico”[ii], “cosa
fluente y dinámica”[iii].
Sin dudas, la historia tiene pliegues que ningún
pronóstico acierta a advertir. Pero la distancia entre
las intenciones y los resultados de un proceso histórico
que tuvo alcance internacional y que puso en cuestión
a toda una clase dirigente, distancia por lo demás
propia de todo acontecimiento histórico, no puede
ocultar tampoco las opacidades de una lectura del pasado
que lo convierte en fetiche anulando así su potencial
crítico. Atada a la rememoración de su pasado,
la universidad a devenido una institución anacrónica
perdiendo, quizás definitivamente, toda capacidad
de autocrítica y de transformación autónoma.
La tajante predicción de Los Principios no puede dejar
de alertarnos sobre la necesidad de practicar una critica
sobre ese pasado. Como señala con tanto acierto Marx
en El Dieciocho Brumario, “No puede comenzarse [la]
propia tarea antes de despojarse de toda veneración
supersticiosa por el pasado” Esto no significará nunca
condenar el pasado en bloque, lo cual no es, como señala
Gramsci, más que un signo de la incapacidad para diferenciarse
de él. Error que sin duda cometieron los reformistas.
Se trata más bien de la labor crítica que intenta
sacarlo de la tradición en la que la ideología
lo ha clausurado, mostrando sus facetas, pliegues, dobleces,
discutiendo el sentido de su apropiación.
A tales fines resulta interesante preguntarse, en primer
lugar, a qué responde el exorcismo de Los Principios
cuando el fracaso de la Reforma es reconocido en ese momento
incluso por los mismos reformistas: ¿cuál es
el origen del temor que oculta la seguridad del pronóstico
y la misma necesidad de intervenir en el debate abierto por
Flecha? ¿Cuál es esta urgencia si la universidad
post – reformista se mantiene, si no ya tan alejada
de los avances científicos, no por ello menos ajena
a las transformaciones sociales? ¿Por qué resultaba
imprevisible en 1936 el lúgubre destino de la reforma
universitaria?
Sin duda, el foco de la cuestión no está en
las modificaciones estatutarias. En la misma época
Deodoro reconoce que a 18 años de la reforma y a pesar
de los nuevos reglamentos “el profesor es el mismo
fósiles. Sólo que ahora es más joven
y sabiendo más, le es más inútil lo
que sabe.”[iv]Lo temido, lo escandaloso para Los Principios
y para la derecha en general es el espíritu mismo
de reforma, si por este se entiende esa íntima relación
entre conocimiento y transformación social, entre
intelectual y pueblo que, si bien hace eclosión en
1918, recorría América latina desde principios
del siglo XX. Como señala Ricardo Melgar Bao[v] las
propuestas de extensión universitaria y de autoeducación
obrera que comenzaron a gestarse bajo el sino arielista durante
la primera década del siglo XX, iniciaron un proceso
de reinvención y recomposición de los campos
educacionales y culturales contrahegemónicos. Es decir,
no sólo fueron expresión de un estado social
más o menos generalizado, sino que además contribuyen
a forjar el espíritu de la unión entre estudiantes
y obreros. Durante estas experiencias las elites intelectuales
y obreras fueron aprendieron un nuevo modo de relacionar
política y pueblo, contribuyendo así a la construcción
de una nueva cultura política popular.
Es interesante lo expresado en un Manifiesto del Centro de
Estudiantes de Derecho de Buenos Aires. Allí se
señala que la intensión de la extensión
universitaria es la de corregir el divorcio anacrónico
entre la universidad y el pueblo a fines de eliminar la
contradicción inadmisible entre la igualdad y la
libertad de derecho y la desigualdad y esclavitud de hecho: “Un
proletariado, sin principios jurídicos, es del mismo
modo que un proletariado ignorante, incapaz de realizar
conquistas definitivas, aunque su brazo tenga un poder
suficiente para conseguirlas. La miseria y el dolor, son,
sin dudas, poderosos factores insurreccionales, pero sólo
constituyen fuerzas primarias de arranque; no bastan para
realizar un movimiento provechoso y duradero”[vi]
La faceta antiimperialista de este espíritu se percibe
entre otros casos en los convenios interestatales que la
juventud reformista fue estableciendo. Tanto en el convenio
peruano – argentino de 1920 como en el argentino – chileno
se señalan entre los puntos comunes de acción,
el estudio de los problemas sociales y el sostenimiento por
la juventud de las universidades populares a la par del ideal
americanista[vii]. Pero este ideal ya está presente
en el encuentro estudiantil de Montevideo en 1908. Allí se
lanzan proclamas americanistas integradoras y se plantea
el principio de rebelión como algo propio de la vida
orgánica misma.
Intentar dilucidar los motivos por los cuales este espíritu,
si bien no desapreció, no logró sin embargo
cuajar en la institución universitaria es una de las
preocupaciones centrales de algunos reformistas. Quizás
el aporte más interesante haya sido el de Deodoro
Roca. Las sucesivas lecturas sobre el acontecimiento que
realiza el propio redactor del Manifiesto del 18 presentan
numerosas facetas interesantes que arrojan algunas pistas
sobre las cuestiones planteadas. Se trata, en primer lugar,
de una critica diferenciada e integradora. La estrategia
no es nunca oponer (espíritu juvenil y clasismo, revuelta
y revolución, etc.), Deodoro integra estos aspectos,
esquivando así las rígidas categorías
con las cuales estamos acostumbrados a leer la historia aún
cuando esta las cuestione y desborde. Es importante aclarar,
además, que la lectura de su obra resulta inescindible
de la de su vida la cual, como insinúa Saúl
Taborda en la introducción al Las Obras y los Días,
fue quizás su obra principal. La obra de Deodoro no
es fundamental, no trata de un sistema sino de un proceso
dinámico; la crítica a los años reformistas
es una crítica surgida de la práctica, gestada
en la misma actividad transformadora, siendo con seguridad
este hecho el que le permite, como afirma en uno de sus primeros
escritos, ver en ‘lo que es’ lo que ‘todavía
no es’, mirar el presente como marco del porvenir.
Deodoro Roca señalará en 1936 : “En
1918: pequeña burguesía liberal, enecendida
de anticlericalismo; vagos entusiasmos, americanismo confuso,
mucha fiebre. Cercando el horizonte a manera de “decoración”,
la Revolución y la guerra... Adivinaciones, rumbo....”[viii]
El tópico de la ceguera del movimiento reformista
ya estaba presente en Aníbal Ponce en 1927[ix]. Se
trataba del impulso de rebeldía propio del ideal romántico
modernista. El cuestionamiento realizado por Rodó,
y toda una generación de escritores, a la mediocridad
preponderante y materialista del espíritu yanqui y
burgués que invadía en aquel momento el mundo,
contribuyó a crear un clima de rebeldía que
halló su confirmación e impulso final en el
desencadenamiento de la guerra. La guerra, señala
Aníbal Ponce, fue la “gran liberatríz” ya
que ponía de manifiesto que la modernización
capitalista no sólo introducía con la instalación
de su burocracia estéril “la estúpida
y conservadora” rutina, sino también el egoísmo
y la competencia despiadada e inescrupulosa. La guerra era
sólo un duelo entre mercaderes: una lucha sin heroicidad,
sin cuartel y sin nobleza que marcaba el fin de una civilización
que se había confiado ciegamente al progreso de la
técnica sin advertir que su correlato no era ni el
avance moral ni la felicidad. La lectura de Nietzsche y Freud
contribuyó, sin duda, a decretar la decadencia senil
de Europa pero quizás el detonante que marcó la
necesidad de un relevo fue la Revolución Rusa y obviamente
la lectura de Marx, lectura que como señala Crespo,
se realizó al margen del evolucionismo que primaba
a nivel internacional[x]. Se vivían tiempos trascendentales,
decía Deodoro en 1920 citando a Trostki. América
latina no podía ser ajena al surgimiento del hombre
nuevo.
El manifiesto del 18 da la bienvenida a una hora americana:
será América la encargada, como señala
Saúl Taborda, de rectificar a Europa para garantizar
el fuego sagrado de la civilización. Y frente a esta
tarea todo es entusiasmo. Se trata de pueblos jóvenes
para las cuales el pesimismo es anacrónico. Su problema,
el problema de América, se resume en la ausencia de
maestros que puedan señalar nobles direcciones para
el pensamiento y para la acción moldeando hombres
americanos. El pasado se desvanece, sí, y lo hace
sin presentar batalla, pero es necesario encontrar con urgencia
nuevos arquitectos dispuestos a construir sobre las ruinas
de aquello que afortunadamente se desmorona.
Los reformistas consideran que es necesaria una revolución
de los espíritus que permita rectificar el rumbo del
continente. Sus expectativas están puestas desde un
comienzo en una revolución que opere desde arriba
desarraigando lo mediocre y sus intereses y moldeando aquellos
hombres americanos de los cuales, y paradójicamente,
América tiene necesidad. Como señala Roca,
los jóvenes reformistas estaban convencido de que
en las universidades residía el secreto de las grandes
transformaciones. Advertían, sin embargo, que aquellas,
centros naturales de formación que los espíritus,
se encontraban sumidas en el culto fetichista del pasado.
Su producción científica era inexistente ya
que se habían transformado en mera escuela profesionales,
en “fábricas de título”. Profundamente
jerárquicas y autoritarias e insensibles al clima
generalizado de la época, la universidades se convirtieron
rápidamente en blanco de las rebeldía estudiantil.
De la transformación de las universidades se esperaba
la recomposición de la sociedad. El espíritu
que en ella se gestaría, es importante aclararlo,
en la práctica de la investigación, en el ejercicio
de la libertad en el estudio, irradiaría sobre la
nacionalidad. El contexto de una Córdoba pacata y
beata encerrada en formalismos y plenamente autoritaria,
fue el impulso final para la rebelión juvenil: “la
rebeldía estalló ahora en Córdoba y
es violencia porque aquí los tiranos se habían
ensoberbecido y era necesario borrar para siempre el recuerdo
de los contrarrevolucionarios de Mayo”[xi]
En los escritos de Roca de la época se advierte como
preocupación prioritaria el tema de la democracia.
En La Nueva generación señala “Señores:
la tarea de una verdadera democracia no consiste en crear
el mito del pueblo como expresión tumultuaria y omnipresente.
La existencia de la plebe y en general de toda la masa amorfa
de ciudadanos está indicando, desde luego, que no
hay democracia. Se suprime la plebe tallándola en
hombres.”[xii] La universidad sólo estará en
condiciones de contribuir a esta causa el día de trascienda
sus fines profesionalistas: “Por eso pienso que en
las Universidad está el secreto de las grandes transformaciones,
por eso pienso que éstas deben realizar de otro modo
sus funciones, por eso penso que no deben ser sólo
escuelas de profesionales, por eso pienso que necesitamos
maestros a la manera socrática.” [xiii]
Una formación meramente profesional no sólo
privilegia los fines individuales olvidando los colectivos
sino que también limita el proceso educativo al gesto
reproductivo. Somete así al estudiantado a los moldes
jerárquicos y a la cultura a fines heterónomos.
En 1920, Deodoro lamentará la servidumbre más
dolorosa y más trágica, la servidumbre de la
inteligencia, de la cultura, de la profesionalidad de la
cultura e incluirá en el análisis de la misma
los primeros elementos provenientes del materialismo. Hablará de
un “ejército resonante de asalariados intelectuales” que
atado a la clase dominante concluye la tarea de los instrumentos
centrales de dominación.
La confianza de Roca en que la ciencia liberada de las miserias
a las que la somete el poder político y económico,
prestaría las armas necesarias para la lucha y el
surgimiento del hombre “integral” no suponen
de ninguna manera un mero intelectualismo. Aún cuando
nunca deje de creer en la existencia de un fondo no ideológico
oculto tras las tergiversaciones a las que someten los intereses
de clase a la ciencia, esta no estará jamás
de espaldas a su época y a su pueblo. Por el contrario,
son aquellos parásitos de la cultura, los que “temerosos
de dar el salto creador, de la oscuridad de la teoría
a la completa tiniebla del futuro”[xiv], consagran
todas sus energías a lo “puramente universitario”.
Sobre este personaje, francamente monstruoso, Deodoro dirigió sus
Flechas más certeras, las de su humor irreverente.
Tales trogloditas, dirá, creen saldadas sus deudas
con los demás “por el mero hecho de atestiguar
ante el asombro privado que son cisternas de saber” [xv],
sin advertir que es necesario que “con la palabra del
intelectual se transparente una acción.”[xvi]
Contra la vergüenza de la inacción “se
pregustaba un estilo de participar y de influir”[xvii].
Pero este descubrimiento venía de la mano de aquel
otro que mostraba los límites mismos de la obra reformista.
Ya en 1920, Deodoro advierte que, en tanto no se supere la
odiosa división en clases de una sociedad que tiene
por única ley el lucro, las universidades seguirán
reproduciendo saberes y jerarquías. La universidad
es sólo un episodio del mal colectivo, de ninguna
manera un problema solo y aislado. “Es más que
nada, la resultante de un problema profundo, concreto, y
formidable: el problema social. De la injusticia social.”[xviii]
Si bien esto no significó nunca, para Deodoro, un
menosprecio por la causa estudiantil y menos aún un
abandono de la lucha dentro de la universidad[xix], mostró sí los
límites de aquella entusiasta Reforma del 18. Si la
universidad es “como un espejo en donde la sociedad
se mira” es porque en ella se refleja con sus luchas,
desigualdades e injusticias. La universidad no puede dejar
de reproducir los ciclos de dominación y desigualdad
social y no puede, por tanto, “operar la revolución
desde arriba” reformado una sociedad que es, en definitiva,
la que determina el rumbo de su accionar. La dramática
y dolorosa peregrinación en busca de un maestro que
fue inicialmente la Reforma devino, por virtud de su misma
ambición, en un programa de profundo cambio social.
La profesionalización del saber, la jerárquica
relación maestro – alumno, no podían
ser abolidas si no desaparecían también las
relaciones de sujeción externas. Este es, según
Deodoro, el gran descubrimiento de la Reforma: “Esto
solo la salvaría: al descubrir la raíz de su
vaciedad y de su infecundidad notoria, dio con este hallazgo: “la
Reforma universitaria” es lo mismo que la “reforma
social” [...] Buscando un maestro ilusorio se dio con
un mundo. Eso “es” la reforma: enlace vital de
lo universitario con lo político, camino y peripecia
dramática de la juventud continental, que conducen
a un nuevo mundo social.”[xx]
La crítica que dirige el redactor del Manifiesto
Liminar a la propia obra reformista no es menos despiadada
que la realizada en el ‘18 a la universidad monástica.
Pero se trata una crítica guiada por un sentido histórico
incuestionable. Deodoro reconoce el origen pequeño
burgués de la reforma pero agrega: “¿y
qué? Lo importante es que ha sido una cosa fluente
y viva. Hay grandes ríos que comienzan en un ojo de
agua”[xxi] Algo que sin dudas descubrió también
la reacción, logrando aprisionar a tiempo ese río
que intentaba formarse, en la estrechez de un pasado estéril,
muerto, en un saber “universitario”, en fundamente
de una institución que sólo conserva de aquel
viejo espíritu reformista que proclamaba sin tapujos
el “derecho sagrado a la insurrección” una
mal entendida libertad de cátedra, un periódico
recambio de modas intelectuales, pero que no alberga ya espacio
alguno para la posibilidad de un futuro de justicia mediado
por la ciencia. Excelencia académica, conocimiento
burocratizado y sujeto a mediaciones institucionales que
reemplaza todo juicio radical a las reglas de juego y a los
propios jueces académicos.
Sin embargo, los análisis de Roca no concluyen con
el descubrimiento de que es imposible que una parte de la
sociedad se eleve por encima de la sociedad. Roca pone en
cuestión los acontecimientos reformistas a partir
de los avances de la derecha. Señala la emergencia
de la “posibilidad del mero vivir” como problema
central del hombre contemporáneo y afirma que de la
universalidad y profundización del mismo se sigue
el desborde de fuerzas que, amenazadas por la inestabilidad
generalizada de las posiciones sociales, ha delegado en Hitler
el poder dictatorial[xxii]. América Latina, lejos
de los que se pensaba en 1918, no es ajena a este proceso.
La explotación burguesa resulta inescindible en América
del imperialismo yanqui, tanto cultural como socioeconómico.
Deodoro resalta el dramatismo de la situación social
latinoamerica, pero sin desconocer los factores culturales
que hacen a esta situación aún más alarmante.
Nuestro países, afirma, se encuentran frente a una “avasalladora
corriente imperialista que ha de enturbiar el sentido de
su civilización”[xxiii]Es esta civilización
foránea la que identifica el ser con el ser objetivo: “Ser,
es ser, en relación a unas cosas y poder después
convertirlas en dinero. Y esto, por último, significa
un poder, o posibilidad de vivir.”[xxiv] Esta situación,
concluirá Roca, es la responsable del fascismo en
latinoamérica. La miseria generalizada por una cultura
que explota al mismo tiempo que denigra, posibilita aquellos
regímenes dictatoriales que a su vez no son más
que engranajes del mismo sistema. A la unidad de América
la realizan los explotadores y a la miseria de los trabajadores
la imponen con cuerda de látigo.[xxv]
Frente a esta situación el entusiasmo reformista
pone de manifiesto su total ingenuidad: “la tierra
del mundo es ahora fluida y ardiente. Es ahora fuego y lágrimas.
Nada está quieto y a salvo. Ni la esperanza del hombre.
Ya no descansa la tierra. Y no sabemos dónde, a cabo,
se aquietará y adonde irá a anclar la esperanza
del hombre”[xxvi] El trabajo de Roca persiste pero
se ha traslado de los claustros a una trinchera. La armas
son las mismas, palabras encendidas de verdad y de justicia,
pero su sentido es otro. Lejos de la soñada revolución
desde arriba, su práctica se resume en la insistencia
minuciosa de quien reconoce que se enfrenta con el más
terrible de los dioses, con la costumbre.
De esta manera, a 18 años de la reforma, el problema
central para Roca será el de la cultura. Si ya resulta
notorio que la universidad no tiene en sus manos el secreto
del país, una transformación profunda del estado
tampoco abarca la totalidad del problema: “No todo
ha de resolverse en el simplismo –dramático,
sin duda- de lo político. Se denuncia, ahí,
flagante, la “crisis de la una cultura”. El problema
político se torna inseparable del “problema
de la cultura”. He aquí una zona desatendida
en el paisaje de la Reforma”[xxvii]
La lucidez de la síntesis que realiza Roca acerca
de este itineriario latinoamericano sale a la luz en su artículo
El Difícil Tiempo Nuevo pocos días del golpe
del 6 de septiembre y dice así: “En los países
agotados por la sequía se sabe que a fuerza de esperar
llegará un momento en que el campesino desde que venga
la nube, traiga lo que traiga: agua o granizo.”[xxviii]Sabia
lección que fue interioriza en América Latina
por métodos lejanos a la socrática relación
docente – alumno que impulsaba la reforma y que sin
embargo parece aveces haber sido olvidada tanto así como
las reflexiones de quien contribuyó como pocos a pensar
la realidad del intelectual latinoamericano.
Creo que estas reflexiones de Deodoro Roca resultan válidas
hoy en tanto advierten con respecto al triste mesianismo
que sale de la universidad en las contadas ocasiones en las
que el debate gira en torno a la realidad social. Llaman
asimismo a revisar nuestra memoria reformista. La reforma
de la universidad es una tarea urgente pero debe ser realizada
lejos ya del entusiasmo del 18. Es necesario “comprender
que la historia es cambio, transformación, renovación
y que es siempre preciso estar dentro de ella.”[xxix]
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[i] “A 18 años vista (Reportaje del diario
Los Principios)”, en: Revista Estudios del Centro de
Estudios avanzados de la UNC Nº 1, Córdoba, 1993,
p.138.
[ii] KORN, A., “La Reforma Universitaria”, en:
DEL MAZO, G. (comp.), 1941, La reforma Universitaria, Tomo
III, Ed. Del centro de Estudiantes de Ingeniería,
p17.
[iii] ROCA, D., “Encuesta De Flecha”, en: DEL
MAZO, G. Op. Cit., p. 545.
[iv] ROCA, D., “Encuesta De Flecha”, en: DEL
MAZO, G. Op. Cit. p.546.
[v] Cfr. MELGAR BAO, Ricardo “Las universidades Populares
en América Latina 1910 – 1935”, en: Revista
Estudios del Centro de Estudios avanzados de la UNC Nº11-12,
Córdoba, 1999, p 41 – 58.
[vi] “Extensión Universitaria”, en: CUNEO,
D. (comp.) La Reforma Universitaria, Biblioteca Ayacucho,
p.24 Se aclara más adelante que “No queremos
imponer una verdad sustantiva. No queremos conducir. Queremos
que cada uno tenga capacidad para concurrir con su esfuerzo
consciente a preparar el resurgimiento fecundo y dinámico
de la humanidad reconciliada” Se solicita así la
colaboración del pueblo: “Conocemos la doctrina,
conocemos los códigos propios y ajenos, pero no conocemos
al hombre que con su hambre y su amor, fuera de esa porción
mínima del derecho, encerrado por la letra muerta
de la ley.” Ibídem p.25 Asimismo en el primer
Congreso internacional de estudiantes, México 1921,
auspiciado por José Vasconcelos, el movimiento estudiantil
realiza un compromiso “por el advenimiento de una nueva
humanidad, fundada sobre principios modernos de justicia
den el orden económico y político” señalando
también que “es una obligación de los
estudiantes el establecimiento de universidades populares,
que estén libres de todo espíritu dogmático
y partidista y que intervengan en los conflictos obreros
inspirando su acción en los modernos postulados de
justicia social”, en: DEL MAZO, G. Op. Cit. Tomo II,
p. 82.
[vii] Cfr. “Convenio peruano – argentino”, “Convenio
argentino – chileno”, en: Cuneo Op. Cit. p.19.
[viii] ROCA, D., “Encuesta De Flecha”, en: DEL
MAZO, G. Op. Cit. Tomo III p546. Allí agrega: “los
jóvenes del 18 eran más ruidosos y tenían
más aliados. Tenían también –acaso
por lo mismo- más capacidad de entusiasmo y más
combatividad. Ahora son menos, pero más lúcidos.
Entones adivinaban, ahora saben”.
[ix] En este sentido se expresaba también en 1927
Aníbal Ponce: “Para los que seguían,
con ojo atento, la marcha dramática de la reforma,
la restauración no fue ni siquiera una sorpresa. Un
vicio originario había venido con aquella, y este
vicio malograba sus puntos más hermoso. Porque si
estaba de modo tan comprometida era porque había empezado
siendo un movimiento a ciegas, un gesto de rebeldía
casi inconsciente, un cambio de postura casi reflejo. Para
destruir puede bastar el impulso; para edificar es necesario
el método.” PONCE, A., “El Año
Mil Novecientos Dieciocho y América Latina”,
en: DEL MAZO, G. Op. Cit. p362.
[x] CRESPO, H, “Una Hora Americana”, estudio
preliminar a: Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria,
Ed. UNC, Córdoba, 1998 pp. 2-3.
[xi] ROCA, Deodoro, Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria,
Ed. UNC, Córdoba, 1998 p.5.
[xii] ROCA, D., “La nueva generación”,
en: Cuneo Op. Cit. p.147.
[xiii] ROCA, D., “Ciencias, maestros y universidades”,
en: ROCA, Deodoro, Las obras y los días, Ed. Losada,
Bs. As., 1945. p49.
[xiv] Ibídem p.44.
[xv] ROCA, D., “Memorias de Aníbal Ponce”,
en: ROCA, Deodoro El difícil tiempo nuevo, Ed. Lautaro,
Bs. As., 1956, p.39.
[xvi] ROCA, D., “Henri Barbusse”, en: ROCA,
D. Op. Cit. p 47.
[xvii] ROCA, D., “Sobre política educacional”,
en: El Drama Social de la Universidad, Editorial Universitaria
de Córdoba, Córdoba,1968, p96.
[xviii] ROCA, Deodoro La Reforma no será posible
sin una “Reforma Social”, Ibídem p. 82.
[xix] Aún figuras como Aníbal Ponce consideraron “suicida” la
renuncia a la lucha dentro de la universidad. Cfr. PONCE,
A., “El Año Mil Novecientos Dieciocho y América
Latina”, en: DEL MAZO, G. Op. Cit. p363-366.
[xx] ROCA, D., “Encuesta De Flecha”, en: DEL
MAZO, G. Op. Cit., pp. 545 -546
[xxi] ibídem, p545.
[xxii] ROCA, D., “El Drama Social de la Universidad”,
en: DEL MAZO, G., Op. Cit. p530
[xxiii] ROCA, D., “El Imperialismo invisible”,
en: KOHAN, Néstor, Deodoro Roca, el hereje. Ed. Biblos,
Bs. As 1999, pp. 190 – 191.
[xxiv] ROCA, D., “El Drama Social de la Universidad”,
en: DEL MAZO, G., Op. Cit. p530.
[xxv] ROCA, D., “El drama de los trabajadores”,
EN. KOHAN, N., Op. Cit. p200.
[xxvi] ROCA, D., “El poeta y el mundo: Alberti”,
en: ROCA, Deodoro, Las obras y los días, Ed. Losada,
Bs. As., 1945. P.56.
[xxvii] ROCA, D., “El Drama Social de la Universidad”,
en: DEL MAZO, G., Op. Cit. p531
[xxviii] ROCA, D., “El Difícil Tiempo Nuevo”,
en: ROCA, Deodoro, El difícil tiempo nuevo, Ed. Lautaro,
Bs. As., 1956, p81.
[xxix] ARICO, J. “Pasado y Presente”, en: Pasado
y Presente, Nº1, 1963, p.4.
BIBLIOGRARÍA
“
A 18 años vista (Reportaje del diario Los Principios)”.
En: Revista Estudios del Centro de Estudios avanzados de
la UNC Nº 1, Córdoba, 1993, pp136-138.
ARICO, J. “Pasado y Presente”, en: Pasado y
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CUNEO, Dardo (comp.), La Reforma Universitaria, Biblioteca
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DEL MAZO, Gabriel (comp.), La reforma Universitaria, Tomo
II y III, Ed. Del centro de Estudiantes de Ingeniería,1941
KOHAN, Nestor, Deodoro Roca, el hereje. Ed. Biblos, Bs.
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