CONMEMORAR ES DARLE RAÍCES AL FUTURO*
* por Guillermo Estévez Boero,
Fundamentación del “Proyecto de Cátedra
Libre “Reforma Universitaria” presentado por
el compañero Estévez Boero en la Cámara
de Diputados de la Nación, en el año 1998 al
cumplirse 80º años de la Reforma”.
La Reforma Universitaria de 1918, de la que en estos días
se cumplen 80 años, ha sido el movimiento de la juventud
más auténtico y profundo en Latinoamérica
del siglo que concluye. Con su difusión, su arraigo
institucional y el concierto de ideas que desplegó,
fue sin dudas el único que sentó en nuestro
país nueras bases de pensamiento. Hoy, aquella gesta
sigue siendo la más legítima y estimulante
tradición de los estudiantes argentinos y latinoamericanos.
El Movimiento Reformista no sólo fue una expresión,
en principio universitaria, de los cambios profundos que
vivía nuestra sociedad, sino que sintetizó una
corriente sociopolítica y cultural renovada, de alcance
continental.
El nuevo país que promovía la Reforma resultaba
ser la antítesis de lo que hasta ese momento representaba
y reproducía su dogmatismo. Fue la reacción
de la juventud, imbuida por las ideas de la los nuevos tiempos,
la que inició las reivindicaciones universitarias
que culminaron en reclamos de transformación social
y cultural.
A partir de 1918, se produciría una honda transformadora
de la Universidad en su funcionamiento orgánico, su
contenido y sus fines. Los cambios en su estructura orgánica,
harían de ella una comunidad libre ya armoniosa de
profesores, alumnos y egresados. Los contenidos de enseñanza
abandonarían los dogmas y pasarían a tener
como objeto de estudio la realidad a fin de encontrar soluciones
y promover cambios que mejoren las condiciones de vida de
la mayoría de la población. En cuanto a sus
fines la Universidad abandonaría los claustros para
ponerse al servicio del pueblo como institución fundamental
de la cultura política.
A partir de la Reforma, la autonomía conseguida
le deparó el derecho a darse su gobierno y a regular
su funcionamiento. Esta base se convirtió en una exigencia
fundamental de la Universidad para su propia existencia en
plenitud. Dicha autonomía no podía sino interpretarse
como sinónimo de libertad y apertura a todos los pensamientos
y las tendencias, a todos los hombres que tuvieran autoridad
moral e intelectual para enseñar en sus aulas.
Los principios de autonomía y cogobierno posibilitaron
los otros principios de libertad de cátedra, asistencia
libre, docencia libres, periodicidad de la cátedra,
concursos para la provisión de cargos, publicidad
de los actos universitarios gratuidad de la enseñanza,
seminarios y demás formas de una intervención
activa del estudiante en la enseñanza, para dejar
de ser simple y pasivo receptor de la lección repetida.
Al reclamar la participación estudiantil en el gobierno
universitario, el movimiento reformista quiso hacer del estudiante
el centro del acto educativo e integrarlo en el funcionamiento
y gobierno de la Universidad. Que un estudiante participara
en un co-gobierno de igual a igual con los profesores tradicionales,
no tenía antecedentes en el mundo contemporáneo.
Demoró exactamente 50 años esta conquista en
volver a Europa con el Mayo Francés de 1968.
Sin embargo, no obstante nacer en la Universidad, el movimiento reformista
entró de inmediato en contacto con el pueblo. Las sucesivas luchas universitarias
de esos años encontraron a los estudiantes ya a las federaciones obreras
unidos en un debate y una perspectiva comunes.
Tras la irrupción de Córdoba, se extendió por
todo el país y resultó ser la síntesis
de un momento cultural que se propagó al continente
entero. Lo que inicialmente se reveló como una protesta
estudiantil limitada a demandas universitarias, se transformó en
un movimiento de aliento nacional y social que agitaba en
sus protestas e inscribía en sus programas anhelos
que eran comunes a otros sectores sociales, como una conciencia
que se venía gestando en el país y en América
Latina.
Algunos de esos reclamos eran la lucha de defensa de las
instituciones y en contra de las dictaduras militares, que
las habían vejado en el continente; la defensa de
la identidad del patrimonio y de la independencia nacional,
la denuncia del imperialismo agresor en la región
y el llamamiento a la unidad latinoamericana.
La Universidad como usina de ideas
La tradición reformista nos ha enseñado que
el objetivo de la universidad debe ser procurar una síntesis
de un proceso formativo y no de una suma meramente informativa.
La Universidad es el laboratorio que emplea toda la experiencia
de la Nación y la articula con la experiencia de la
humanidad para conformar nuevas generaciones, capaces de
resolver y pensar, no sólo los problemas presentes,
sino los problemas futuros. Su objetivo no es suministrar
engranajes al modelo, sino generar una tormenta de ideas.
Porque la universidad solamente puede tener un accionar
constructivo en la medida en que forme ciudadanos con capacidad
para estudiar la ciencia, la técnica y la producción,
pero también, insertarse en la sociedad, con una brújula
moral y formativa que permita transitar a su albedrío
responsable el tiempo y el espacio que le toca vivir.
Porque una universidad no se evalúa por sus rendimientos
económicos, sino por las ideas que proyecta. La grandeza
de la universidad radica en los principios que de ella emanan,
por la revolución en el campo de los sistemas filosóficos
y científicos que ella produzca, por la calidad moral,
la capacidad científica y técnica de sus egresados.
Nunca aceptamos, en materia educativa, que la cantidad
y la calidad sean dos conceptos contradictorios. No es necesario
tener pocos universitarios para tener una buena universidad
sino que es necesario garantizar el acceso masivo para tener
más universitarios que contribuyan al desarrollo cultural,
científico y técnico del país.
Muchos años han pasado de la gesta reformista. Ella
ha trascendido el tiempo reivindicando permanentemente desde
el campo popular la educación pública y gratuita,
el ingreso irrestricto, la unidad obrero-estudiantil los
derechos humanos, la justicia y el progreso social atravesando
dictaduras y embates reciclados de al reacción, es
un testimonio y ejemplo vivo del pensamiento latinoamericano.
Al cumplirse este 80 aniversario de la Reforma Universitaria,
creemos importante que, desde la Cámara de Diputados
de la Nación, se conmemore uno de los hitos más
relevantes de nuestra cultura nacional.
Todavía sufrimos el vaciamiento de lo mejor de nuestras
tradiciones que nos legó la triste sucesión
de las fracturas institucionales que padecimos desde 1930,
con los sucesivos golpes de estados.
Porque creemos que retomar y proyectar el legado conceptual
que nos dejó la Reforma nos impone generar una universidad
que se proyecte hacia las décadas futuras, que motorice
con su accionar constructivo la genuina avanzada de respuestas
posibles a la problemática social contemporánea,
y se eleve nuevamente como un faro intelectual de nuestra
nación.
Porque conmemorar es darle raíces al futuro.
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